sábado, 20 de octubre de 2012

SHULAY





Azucenita del aire
Flor silvestre de mi querencia
Ya me voy
Ya me estoy yendo

Cielo azul
Sin el cielo de tenerte
Ya me voy
Ya me estoy yendo
 

LAPSUS



Perder un recuerdo es mucho peor que perder una cosa. Pues, si pierdes algo, al menos te queda el recuerdo, mientras que si te olvidas de algo simplemente no queda nada. Nada.

RECUERDOS DEL OLVIDO



El libro huerfano sobre la mesa
La distancia terrible que forman
El olvido y el instante
El libro amigo del amigo ausente
(ausente con la ausencia de los presos)
junto al amigo libre
(libre en el confín de las palabras)
Huellas de manos que se nombran
El libro del amigo en las manos
El amigo libre el amigo ausente
El preso amigo libre de dudas
Librado a un libre vuelo de palabras

Así la breve
Luz de paso
Pasa al vuelo
De cierta
Mañana
Por venir
De reír
De soñar
Trincheras
De fuego
O esplendor

La nostalgia ya no es lo que era
Volver no es más ya retornar
Ni retornar es volver a beber
El mismo trago carrasposo
De las mañanas irredentas
Cubierta de tristezas trajinadas
Cuando la yerba de los caminos
Moria sin espera ni señal
Al paso de las estaciones
Demasiado personales
Para encender el relámpago
De la historia que borraran
La yerba de los caminos

Despierto sin convicciones
Arrullado a tu deseo
Con la posible ternura
De estas palabras
Ayer la primera impresión
El primer vistazo
El libro del amigo
El recuerdo con sus razones
Y más allá
Cerca al alba 
Tu  olvido impreso
Tu nombre
Hija y madre del olvido

UN BESO EN LA PENUMBRA


En un extremo del segundo piso de la casa que construyeron mis abuelos, las jergas de colores con fragante aroma a eucaliptos, después de años de ausencia, acoge mi primer sueño.
Al despertar, desde la calle escucho volar las lejanas voces que labraron los sonidos de mi infancia. Enseguida, apenas abro los ojos, a través de la ventana, ningún despertar resulta mas grato de contemplar que ver los grandes árboles de eucalipto iluminados por la radiante luz de la mañana.
Siento regocijo de estar otra vez aquí, en la casa en donde transcurrió mi infancia. Pero en especial, me entusiasma saber que la fiesta patronal en este despertar de 1989 se encuentre en mi calle. Más exactamente en la casa de enfrente. En casa de doña Olga Salazar; pues Pedro, su hijo, es Capitán de la Tarde.
Escuchar las interpretaciones de la banda de viento, a unos metros, me conduce raudo y eufórico rumbo a la casa de la amiga de mi madre. Al ser recibido, tan pronto transpongo el portón de entrada, bajo el amplio hall veo a los músicos beber chicha hervida con ron, entre una canción y otra. Pero es aun demasiado temprano para recibir a los invitados, de manera que solo los más allegados concurren a los trajines previos a la recepción.
Sin embargo, en medio de aquel anodino ajetreo, de pronto un ruido súbito despierta mi atención. Se trata del rumor inconfundible de unos pasos en el entablado que anuncian una presencia cuyo nombre y existencia me resultan desconocidas.
Pues aunque abrí mis ojos viéndola siempre entrar y salir de la casa de enfrente, nadie hasta entonces me había dicho que doña Olga era madre de una hija. Una hija cuya aparición, luciendo un ceñido jean azul y un lentes oscuros, aquella mañana sencillamente opacó sin piedad la belleza de los eucaliptos y las nubes que rodean el pueblo en que nací.
Después del desayuno, rumbo a la banda -para dar inicio a su función de oferente festivo-, al compás de la banda de viento, Pedro emprende camino por la carretera para hacer las invitaciones en las calles de Cajatambo. En el trayecto se encuentra con su abuelo. Al verlo, emocionado se quita el sombrero adornado de Capitán de la Tarde y conmovido besa las rojas mejillas del viejo Antonio. “Ya hijo, ¡anda, anda! Yo estoy yendo a ver el ganado”.
A mediodía, camino a la plaza de toros, en el puente de Tawin, entre la comitiva de acompañantes, otra vez la vuelvo a ver, pero esta vez cabalgando un caballo castaño. Para entonces ya sabía cual era su nombre.
En la noche, al retorno de la corrida de toros, la banda interpreta antiguas canciones y los invitados bailan en el hall entablado que, como nunca, retumba jubiloso. Eran tiempos en que el motor que proveía de alumbrado eléctrico a Cajatambo cada noche a las diez cesaba de rugir.
Ella bailaba y yo la miraba. No tenía ojos sino para ella cuando la luz se extinguió. Entonces en la breve penumbra, en la fugaz espera, en el torbellino invisible, igual que un relámpago sus labios estallaron en los míos. 

Jamás un beso en Astobamba fue, creo, más maravillosamente inesperado, pasajero y perdurable. Jamás.
Construida en la década del sesenta del siglo pasado, antes de la llegada de la carretera Pativilca-Cajatambo, en épocas en que en Cajatambo predominaban las casas con techo de ichu y paredes sin pintar que exponían su color inmortal, la casa de la profesora Olga fue la vivienda más espaciosa y absolutamente colorida del poblado de Astobamba.  
Símbolo de remota modernidad, conservada con primoroso esmero por su dueña, de trece viviendas destruidas por el fenómeno geológico que afecta al poblado de San Juan de Astobamba, medio siglo después de ser erigida y a una década de la partida de quien le dió existencia, es la última que aun herida de muerte muere en pié.
Con todo, aun cuando sus paredes rueden, los recuerdos que albergó jamás morirán.  Jamás.





MANAN CANCHU


jueves, 16 de agosto de 2012

PARADOJAS

Lo que más sorprende de las personas que pierden su juventud estudiando es que luego pierden su salud trabajando para ganar dinero y enseguida perderlo  para recuperar la salud. Y así por pensar ansiosamente en el futuro sacrifican el presente: no viven ni el presente ni el futuro. Viven en el limbo.Y por si fuera poco, viven como si no fueran a morir nunca y después morir como si nunca hubiesen nacido. Olvidados hasta del olvido.

http://www.youtube.com/watch?v=-1Y9OqSJKCc&feature=g-logo-xit

lunes, 2 de julio de 2012

TUSHUY SHONGOPA WAYTITA


Al concluir la emisión de "Cajatambo, canto y memoria", el domingo 27 de mayo de 2012, anuncié que al día siguiente estaría en la comunidad campesina de Lascamayo para bailar "Cajatambina" en suelo ambarino. Y así fue. El día 28 recorrí el valle de Ambar y al llegar durante la noche a mi destino, cuando me encaminaba hacia el local comunal, de pronto pensé en que si alguna sorpresa me aguardaría aquel regreso. Y así fue. Apenas al ingresar una bella sonrisa enmarcada en un no menos bello rostro fue lo primero que me impresionó. Respondí aquel  inesperado (pero siempre esperado) saludo y de inmediato, ni corto ni perezoso, invité a bailar a quien me procuro tan grata bienvenida. Luego me enteraría que aquella  sonrisa pertenecia a la profesora de la escuela de Gantuyoj; la escuelita más remota del valle de Ambar. Pero resulta que Yelandina no solo poseía una bella sonrisa ni un bello rostro sino era la muchacha que mejor bailaba en aquella celebración remota, a 3 mil metros de altura, a los compases de una banda de viento y bajo una noche rotundamente estrellada.
Con todo no fueron las generosas expresiones de Juan Tena brindandome, con palabras y con cerveza, sus felicitaciones por el programa sino las de otro sobrino que apartándose de su grupo se acercó para decirme: "Tío, la profesora te busca". Consternado, desde la otra orilla del tiempo, caminé entonces hacía donde aquella noche jubilosa aquella flor hermosa reía, bebia y bailaba. Recordé también -nunca más oportunos- los versos de Benedetti: "La culpa es de uno, y no de los pretextos, cuando no se enamora". De manera que al escuchar los primeros compases de la banda "Santo Angel de Ráquía" disponiendose a ejecutar la canción más emblematica de la tierra en donde nací, más decidido que nunca le pedí bailar otra vez. Ella -siempre sonriendo, siempre generosa- aceptó gustosa. A partir de entonces también decidí que fueran mis pies, con regocijo y frenesí, los que hablaran por mí. Acaso lo logré, pues nunca como aquella noche, sonora y estrellada, al ver a Yelandina comprendí por que dicen que nunca un cuerpo hermoso es más hermoso que cuando baila. Y así fue: así lo ví y así lo viví.
Y aun cuando, para ella misma ("La flor es sin porque: florece por que florece") aquel fuera solo un instante, una circunstancia en la sucesión de otros instantes, aquellos minutos resplandecen, en el confín de estas palabras, semejante al fulgor fugaz y colorido de una bombarda que estalla en la oscuridad. Y por eso mismo, y contra eso mismo, aun cuando la visión de Yelandina, aquella noche de rudo jolgorio rural, resulta no menos fugaz, sus pasos y su sonrisa ya no tendrán edad.