Azucenita del aire
Flor silvestre de mi querencia
Ya me voy
Ya me estoy yendo
Cielo azul
Sin el cielo de tenerte
Ya me voy
Ya me estoy yendo
Con todo no fueron las generosas expresiones de Juan Tena brindandome, con palabras y con cerveza, sus felicitaciones por el programa sino las de otro sobrino que apartándose de su grupo se acercó para decirme: "Tío, la profesora te busca". Consternado, desde la otra orilla del tiempo, caminé entonces hacía donde aquella noche jubilosa aquella flor hermosa reía, bebia y bailaba. Recordé también -nunca más oportunos- los versos de Benedetti: "La culpa es de uno, y no de los pretextos, cuando no se enamora". De manera que al escuchar los primeros compases de la banda "Santo Angel de Ráquía" disponiendose a ejecutar la canción más emblematica de la tierra en donde nací, más decidido que nunca le pedí bailar otra vez. Ella -siempre sonriendo, siempre generosa- aceptó gustosa. A partir de entonces también decidí que fueran mis pies, con regocijo y frenesí, los que hablaran por mí. Acaso lo logré, pues nunca como aquella noche, sonora y estrellada, al ver a Yelandina comprendí por que dicen que nunca un cuerpo hermoso es más hermoso que cuando baila. Y así fue: así lo ví y así lo viví.
Y aun cuando, para ella misma ("La flor es sin porque: florece por que florece") aquel fuera solo un instante, una circunstancia en la sucesión de otros instantes, aquellos minutos resplandecen, en el confín de estas palabras, semejante al fulgor fugaz y colorido de una bombarda que estalla en la oscuridad. Y por eso mismo, y contra eso mismo, aun cuando la visión de Yelandina, aquella noche de rudo jolgorio rural, resulta no menos fugaz, sus pasos y su sonrisa ya no tendrán edad.