jueves, 20 de diciembre de 2012

UPIARKUR, TUSHURKUR, YARPARKUR




Es un lugar común afirmar que una sola foto vale por mil palabras, pero acaso -por eso mismo- conviene también decir que después de cientos y hasta miles de fotos que merecen las festividades patronales en Cajatambo, bien merecen no solo imágenes sino algo de imaginación para perdurar. Permanecer  en signos impresos que guarden las huellas de nuestras vidas. Pues las imágenes sin palabras no dicen nada, solo muestran y ni siquiera callan.
He aquí una crónica algo tardía (pero nunca inoportuna) y por completo personal sobre una celebración que -con ese motivo- pueda serlo, acaso,  también la de las palabras que lo evocan.

La noche del 28 de julio, después de brindar por la patria con mis amigos del Rotary Club Huacho decidí partir para Cajatambo. Al día siguiente, luego de concluir la emisión de “Cajatambo, canto y memoria”, el programa dominical que conduzco, incluso me di tiempo para asistir al cumpleaños 50 de Félix Verde, uno de mis entrañables amigos de mi época escolar. De manera que cuando apareció el tío Alfredo conduciendo su camioneta azul mi cuerpo se fue persiguiendo a mi alma.

Julio 30
José y Rosa (30/7/2012)
Partimos a las 11 de la noche y llegamos a las 5 de la mañana del lunes 30. Salvo una llanta delantera que en Llocchi se desprendió para irse rodando por su cuenta, no hubo otra novedad. Apenas al llegar aparcamos alrededor de la antigua plaza de toros y subimos a La Torre. Un charco reluciente sobre el patio de la escuela evidenciaba los torrentes del jolgorio. Las presentaciones habían concluido y solo las grabaciones prolongaban los estertores de la jarana. Pues aun se veían algunos sobrevivientes que bebían y bailaban. Sin embargo, lo hermosamente encantador de aquel frío amanecer, mientras la fiesta moría, fue ver bailar y sonreír a una linda chica de naricita respingada. Era bella no solo por sus rasgos, sino también hasta por la forma en que recogía su cabello. Fue el único instante de mi vida en que -jamás lo olvidaré- sin desmedro de mi hermosa juventud, deploré el paso del tiempo.
En contraste, la impresión más perturbadora fue ver mi casa desde una carretera tres metros  debajo de donde la dejé. Y mucho más ver la casa de enfrente partida. Una casa que al igual que doña Olga, su dueña, también moría.
Aunque desprovista por el colapso de servicios básicos, al llegar a casa abrí feliz puertas y ventanas. No por nada se trata de la casa en donde nací.
Igual que las 195 provincias del Perú, además de sus atractivos naturales (circuito glaciar Huayhuash), gastronómicos (pari, locro, chichancaldo) y melódicos (huaylashadas) Cajatambo resulta singular por su gente. Mujeres y hombres que aun ausentes, ó, por eso mismo, le dan vida con sus vidas. Tan cierto es que basta una semana de fiesta para consumir lo que tarda medio año en venderse.  Y aun en hogares distantes, semana a semana, indefectiblemente,  los sabores de la tierra añorada nunca dejan de estar presentes. Potes con miel de abeja (con sabor a eucalipto), alfajores extraordinarios (por su sabor y presentación), quesos y manjar blanco artesanales (derivados de ganados que pastan libres en verdes alfalfares), hacen que miles de personas sientan no solo su nostalgia retribuida sino algo mucho más gratificante: orgullo de ser cajatambinos.
Por eso aunque la fiesta no cambie igual vuelven. Basta salir a la calle y comparecer ante presencias que nuestros brazos desesperan estrechar para entenderlo. Pues, se diría, es esa la verdadera fiesta: el encuentro con los seres que queremos y nos quieren. De manera que para celebrar, y consagrar, aquella coincidencia se hace cada año la fiesta. Y se baila y se bebe. Se vive.
Bajo un sol radiante Trinicho Inga (ahijado de mis abuelos, ex alcalde y oferente de una de las corridas más memorables en Lima) junto a William Minaya (dueño de una fábrica de productos plásticos y oferente de la primera corrida con toros de casta en Cajatambo) conversan y brindan en la calle central. Verlos me convence, una vez más, que la real embriaguez no proviene de los brindis tanto como del regocijo de entroparse, recordar y reír.
Al terminar con los brindis los choferes de William aparecen para llevarse a la plaza de toros a los compadres. Por mi parte, lamento no haber visto la salida del Capitán de la Tarde y para no perderme lo demás decido caminar. A la salida del pueblo, en Andahuaylas, los alcanzo. Ver a las damas flanqueando a José Altamirano y su esposa me conmueve. No puedo (ni quiero) evitarlo: mustias lágrimas brotan de mis ojos deslumbrados. (Me conmueve el recuerdo de Víctor Reyes Ballardo: primer Capitán de la Tarde que incorporó las damas en 1939).
Durante el recorrido, en la  plaza de toros y en el resto de la fiesta una palabra distingue la presentación de José: prestancia. Sobrio y cordial, además de ofrecer una corrida a la altura de las expectativas, José impuso dos referentes ineludibles: un espectáculo pirotécnico de media hora de duración (que dejo con el cuello entumecido a quienes solo fueron a ver un castillo) y una noche de vibrante contrapunto de guitarras y mandolinas.
Volví a ver a Trinicho y volvimos a brindar. Esta vez recalamos en El Tambo del Inca (el hotel más céntrico, elevado y confortable de la ciudad). Y puesto que la fiesta son los reencuentros, aparecen dos de las hijas de quien fuera legendario torero de las capeas cajatambinas: Teófilo Fuentes Rivera, y puesto que la fiesta es, sobre todo, bailar, me voy con ellas. Por si fuera poco, aquel baile fue ocasión, nada menos, para también bailar con Judith Espinoza Portuondo, una de las mujeres más bellas y talentosas que ha dado Cajatambo (patrocinadora del portal: www.cajatambo.com). En treinta años de celebraciones, nunca baile tanto, que, de todas, elegiría aquella otra vez: “La flor es sin por qué: florece porque florece”.

Julio 31
Aquíles y Rosalía (31/7/2012)
Al despertar entre abrigadoras frazadas me dispongo asistir a la recepción de Aquiles y Rosalía (amigos y vecinos de mi hermano en Atusparia: un pedazo de Cajatambo en San Juan de Lurigancho). Juan Huavil,  su animador, me ha pedido que lo apoye. Me valgo de su invitación para servirme del convite y recibir un par de entradas.
Luciendo vestuarios de colores diversos las damas de Aquiles Vivar se distinguen no solo por su belleza sino también por su elocuencia (una, que viste de naranja, en especial). Al escucharla, con menos elocuencia pero no menos entusiasmo,  me acerco a felicitarla. Ella me agradece y me sonrie.
En el ruedo, una de las escenas más impresionantes acontece no durante la faena sino antes cuando Aquiles y Rosalía desde ambos extremos  se acercan bailando, rodeado de damas y pajes, hasta quedar frente a frente. Y fue allí cuando se produjo el beso más multitudinario de la historia de Cajatambo: Aquiles, antes de invitarla a bailar, besó a Rosalía.

Luego de la presentación ecuestre de Jesús Márquez e hijos comenzó la corrida de toros. Aunque fueron 7 toros uno estuvo demás. “El Milpeño Andariego”, el tercero de la tarde fue el mejor; Emilio La Serna, entre los toreros. Luego de la relectura de “Muerte en la tarde” -el mayor clásico de la historia del toreo- me atreví decir algunas cosas que, para mi pesar, andan grabadas. En cambio no fui grabado, como hubiera preferido, bailando. En especial, cuando una de las damas le dijo a otra: “¡Qué suerte! Ese señor baila muy bonito”. Con todo, aquella noche, mi tristeza crecía como la negrura de la noche al pensar que en esos precisos momentos se iba la persona a quién mayor alegría debía: Alcira. 
1 de Agosto
A medía mañana, mientras observo mi huerta hundida cinco metros por debajo de la carretera, veo aparecer a Silvia y Leti, mis primas. A diferencia de la mayoría,  que se limitan a mirar e irse, se muestran consternadas y dispuesta a apoyar. En la plaza Alfredo Balboa, pronto a partir, se despide. Alfredo se vuelve a Lima y Silvia y Leti por el viejo camino hacia Cajatambo. Esa es también  la fiesta: jubilo de encuentros y melancolía de adioses.
Desde el balcón veo ingresar a Capillapampa la camioneta azul en que llegué y en ella vuelvo a Cajatambo. Definitivamente, todos esos instantes son memorables: cruzar los puentes, saludar a las ancianas y ancianos, ponerse un sombrero, mirar los eucaliptos.
Al llegar a Tambo enrumbo a casa de mis tíos preferidos: Ethel y Aquíles. Justo a poco de estar a verlos lo visitan el Inca y el Rumiñahui con sus pallas. La guiadora me invita a bailar. Es la costumbre, pero sospecho que también es algo más: un reconocimiento a nuestros ancestros.  Es emocionante vivir ese momento: escuchar hermosos cantos en quechua y sorber luego algunos vasos de chibas reagal sin hielo. En verdad, que duda cabe, es huachafo decirlo pero fabuloso vivirlo.
Después de degustar el relleno de chancho y el ineludible pari comienza el baile en la recepción final de José. La atención corre a cargo de sus colaboradores. No se trata de mozos contratados sino de familiares y amigos que deponen rangos y funciones simplemente para colaborar. Vestidos con elegancia, ingenieros, economistas, contadores, auditores (entre otros) hacen tregua de sus citadinas ocupaciones para ser solo cordiales y diligentes anfitriones. Generosos y respetables amigos de los amigos de la tierra que los vio nacer. En ellos, más que en las cuantiosas inversiones, reside el éxito de las celebraciones en Cajatambo.
Enseguida, para concluir, y por reciprocidad, enrumbo hacia la recepción de Aquiles. También aquí bailan con denuedo y furor. La diferencia es que la banda de viento alterna con las guitarras y las mandolinas. Ingreso justo cuando se dispone a intervenir Iván Salazar (el forjador de Horizonte Andino). Amigo desde la infancia y la escuela al verme saluda mi presencia. Para corresponder me dispongo a bailar. Invito, sin intimidarme, a una muchacha. Con sorpresa, y  discreto pavor, me percato de inmediato que se trata de la hermosa chica que vi en La Torre bailar, apenas al llegar. No lleva el cabello recogido ni anteojos esta vez pero luce no menos hermosa. Pero, considerando que nunca un cuerpo hermoso lo es más que cuando baila, nada se compara con verla. Tanto que Arturito Medina no resiste no decir: “¿Ustedes dónde han ensayado para bailar así, ah?”. (Vaya suerte: gordo, calvo y canoso aun tuve fuerzas -y suerte- para alternar con la más bella y mejor bailarina de la fiesta).  
A la diez de la noche, con el melancólico y melodioso saludo en el atrio del templo principal, concluye la celebración hispano taurina de 2012 en tributo de María Magdalena. Las hijas y el hijo de José “Shuty” Quinteros (que actuaron de damas y paje) me abruman  con la delicadeza de venir a despedirse de mí. Noellia, la mayor, incluso me presenta a un muchacho a quien más que por su nombre recuerdo por haberme dicho ser autor del blog: “Inspiraciones cajatambinas”. (Al verlos siento el lúgubre regocijo de que todos esos muchachos a quienes les importa mis escritos raigales serán también los amistosos merodeadores de mi tumba en Cajatambo).

Agosto 2
Después de tres días de ardua y feliz celebración, esta mañana -para variar- tomo la cuesta de Paltarumi rumbo a Ocopata. Al llegar, la albura majestuosa de Huacshash compensa mi fatiga. Y no menos el libro que llevo entre manos: “Cien años de soledad”. Al comenzar su lectura, más que otras veces, (en mi caso, la tercera) disfruto no solo del escenario sino hasta de mi voz que da vida a Macondo y la desaforada existencia de los seres que la habitan.
Al volver, luego de almorzar, con las puertas y ventanas abiertas del segundo piso, tumbado sobre un  catre venerable de fierro fundido, nada podía ser más gratificante que mirar las laderas del Jancarhuaín doradas por el sol del atardecer. Que belleza carajo. Y del mismo modo cuanto dolor al pensar en mi madre ausente, y sin embargo, siempre presente. Presente en el abrigo de las frazadas. Presente en la hermosa chalina de vicuña. Presente en mi mirada, en mi voz, en mis pasos.


PRECIOSA



Cada fin de semana, durante años, fue la primera en recibirme.
  
Pequeñita y peludita, al verla, mi hermana decidió ponerle el nombre que mejor le correspondía: Preciosa.

Preciosa, además, porque lo que le faltaba en apariencia le sobraba en habilidad. Durante quince años anunció las visitas, pero en especial, nos previno cada vez que la epilepsia desvanecía a mi hermana. Imposible ignorarla. Inimaginable no quererla. Más todavía cuando, sostenida sobre sus patitas, con las manitas recogidas, sus ojitos morían de ternura por un instante de atención.

Fue parte de nuestras vidas. Vuelvo a decirlo: nuestros ojos, nuestros oídos. Sin pedir nada lo dio todo. Nadie nos quiso tanto y ninguna palabra es suficiente para agradecérselo.

LA MARCA DE LA MUERTE



Yungay, al igual que Pompeya, la tarde del 31 de mayo de 1970 se convirtió en una ciudad sepultada; el nevado del pico norte del Huascarán -del mismo modo que las cenizas del Vesubio en el 79 de nuestra era- causó la hecatombe que la cubrió en breves minutos. Desde entonces, Yungay es un camposanto que fue una ciudad hermosa (y mucho más hermosa durante las noches de luna llena). Una ciudad muerta donde solo habita el recuerdo.

Cuando la visité, durante la Semana Santa de 1987, el día de mi llegada habían terminado de retirar un cuerpo sepultado al ingreso de cementerio. Por estar construido en un morro natural el lugar destinado a los muertos fue también el lugar de salvación. Sin embrago, no todos los que alcanzaron el cementerio llegaron a salvar sus vidas sino simplemente quedar allí donde -tarde o temprano- habrían de llegar. Fue el caso de aquel infortunado que me mostró el guardián. Aunque en realidad lo que vi no fueron sus despojos sino algo más conmovedor: el hueco que había dejado su cráneo y su brazo izquierdo.
No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, solo sé que luego no me importo ver nada más. Supe entonces que más atroz que la misma muerte, es la marca de la muerte.




 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

MARCO CHÁVEZ EN YANAPAMPA-ALTUSCANCHA



No nació en Cajatambo, pero Cajatambo nació en él.  Rosa Gonzales y Víctor Reyes, sus abuelos, forjaron aquella pasión. Una pasión que ha marcado su vida y que Marco ha perennizado en imágenes sensibles y precisas. Y es que (como todos, ó, casi todos) Marco  toma fotografías, pero en su caso (a diferencia de todos, o casi todos) es lo que mejor sabe, y prefiere, hacer. Pues Marco es fotografo profesional y por eso, en homenaje a Rosa y Víctor, un día trepó a las alturas para capturar la secuencia más lograda y memorable de fotografías de Yanapampa y Altuscancha, el fundo que heredó su madre en Cajatambo.

http://www.facebook.com/media/set/…




martes, 11 de diciembre de 2012

REGRESO A CAJATAMBO






                                                                      

Después de 17 años de ausencia mi hermano decidió volver a Cajatambo (en donde, precisamente, a los 17, ó, poco más, se hizo padre). La noche del 6 de diciembre de 2012, se apareció, sereno y resuelto, con su mujer y sus consecuencias conduciendo un recio rodado (convertido para la ocasión en un wawasi móvil). Y aunque se trataba de asistir solo a la misa del hermano de nuestra abuela (que, a los 100 años, a sobrevivido a sus 8 hermanos) me sorprendió su decisión y entusiasmo (más aun teniendo en cuenta que un día me había dicho: “Para mí Cajatambo no significa nada. Yo prefiero Ambar”). De modo que, considerando el tiempo transcurrido y las contingencias del viaje, no tuve más remedio que relevar una promisoria reunión en la más estupenda casa de campo de la campiña de Huacho por horas de inclemente e insomne zarandeo; y lo que es peor, lejos de mi amada.


Luego de una tregua reparadora, partimos desde Huacho a las 12:30 de la madrugada y llegamos a las 6:30 del viernes 7. De Pativilca hasta Cahua dista 66 km. Entre cañaverales y parcelas la carretera -mezcla de asfaltado y trocha- sigue el curso del río Pativilca y recorre el territorio de la región Ancash. Cruzando el puente que conduce al poblado de Cahua (850 msnm) empieza Cajatambo. A 84 km de Cahua y a 3200 msnm, entre un cañón vertical y una empinada ondulación, se encuentra la capital provincial: Cajatambo. Precisamente a partir de allí, de Cahua, la carretera -estupendamente compactada- resulta impresionante, y hasta intimidante, no por haber sido mal construida ni mal trazada, sino, por el contrario, por la proeza de superar vastos y sobrecogedores abismos. De manera que, si es habitual definir la geografía andina como dramática ningún recorrido más convincente, y emocionante, que viajar a Cajatambo.

Volvemos a Astobamba. A la vieja casa de patio empedrado y torneados balcones de quien fuera don Augusto Villanueva Marín. La casa del abuelo que lo fue también de la maternidad de nuestra madre y escenario de los días más gratos y tristes de nuestra infancia. Venerable morada que fue, y sigue siendo, la más imponente y confortable del poblado. Lo paradójico es que su dueño casi no la habitó. Salvo por días, ó, a lo más, por unos cuantos meses. Primero cada vez que se lo permitía sus arduas labores de administrador de la hacienda Colpa (cuando esta era de lejos, con más de 2 mil reses, la de mayor concentración ganadera de Cajatambo) y después cada cierto tiempo al volver de Ambar, donde terminó por afincarse. Solo cuando el cáncer determinó su fin inexorable aquella casa sirvió al abuelo más que para vivir para -literalmente- esperar la muerte. Y allí expiró un 29 de setiembre de 1967, un día del cual mi hermano y yo a pesar de nuestra breve edad (2 y 4 años) guardamos ineludible recuerdo.

Al morir el abuelo una casa amplia y solariega en Cruz Blanca, el barrio más tradicional de la campiña de Huacho, sustituyó a nuestra añorada casa de piedra y balcones. Y a partir de entonces también Ambar ocupó el lugar de Cajatambo. Chacras, caballos, vacas, quesos y manjar blanco. “Nunca olviden que a este pueblo lo debemos todo”, decía mi madre. Y es verdad, todo. Más, mucho más, hasta mujeres, nos dio Ambar.

Con todo, a pesar del olvido -ó, acaso, por eso mismo- un día se me dió por volver a Cajatambo. Pero lo cierto es que más que volver me atraía la forma de hacerlo: a caballo del mismo modo que los viejos viajeros. Entonces, vencida todas las argumentaciones de mi madre para desistir (la beta que bota por igual a bestia o jinete, la principal) logré su complicidad. Fue el más maravilloso regaló que le agradezco. Pues cuanto pasa más el tiempo más disfruto de aquel viaje que me condujo no solo a Cajatambo sino también hacía estas palabras. No es para menos: mirar el Huayhuash desde un pico de roca de casi cinco mil metros de altura era un privilegio de otros tiempos. Sin embargo, gracias a mi madre lo fue también el mío. Y lo sigue siendo: el Huacshash y el Yerupajá esperándome cada mañana en la pantalla.

En la pétrea desolación de la noche una rauda luz señala el rumbo de nuestro destino. Pues no es este un simple viaje más sino el discreto y entusiasta retorno a nuestros orígenes. Al pueblo y a la casa que le dio vida a nuestras vidas. Pero además también porque mi hermano lo es sobre todo por los libros leídos y las aventuras compartidas. Me impresiona su destreza para enfrentar curvas y baches, parece ansioso por llegar. De pronto, debe detenerse y descender: piedras a mitad de Cañón Huayhuagpunquio (que quiere decir: donde el viento grita) y en medio de la oscuridad. En esas circunstancias me reconforta acompañarlo.
Ciprés y eucaliptos de Ambar

El amanecer nos alcanza en pleno ascenso de las curvas de Tumac. Nadie pensaría que es la primera vez que mi hermano conduce. Ríe y rueda. “Prepárate, le digo, la huerta de mamá ya no está donde la imaginas”. Al llegar lo corrobora: “Mierda, ¿qué es esto?” El asombro resulta evidente: la huerta está cinco metros debajo de donde mi madre lo dejo. Por eso dicen, y es verdad, que Astobamba se hunde. Pero así hundida, a pesar del colapso, me complace tener a la vista, enhiestos y felices, un ciprés y cuatro eucaliptos ambarinos que sembré.

Tan pronto ingresamos a la casa Lisbeth (9) y Joaquín (2) me acompañan hacía el balcón que da a la calle. “¿Qué les parece? ¿Les gusta?” “¡Sííí!”, responden al unísono. Al verlos, y oírlos, tengo la sensación que es mi madre, a través mío, quien les da la bienvenida. Pues, aunque nuestra infancia se fue, el hermoso balcón construido por el maestro ebanista Jiménez perdura intacto para alegría de una niña que sonríe acentuando sus hoyitos y un risueño niño rubio que, al igual que mi hermano y yo, nunca lo olvidaran. Al final, más que para la misa, se me ocurre que para regalarles aquel recuerdo es que hemos venido. Y puesto que, por lo general las cosas y las casas, sobreviven a quienes la hicieron posible, con más razón.

Después de dormir vuelve el fogón a arder con la leña de eucaliptos que mamá hizo cortar y trozar. Nilda, mi cuñada, es quien ahora se encarga del fuego familiar. No dice nada pero su esmero lo dice todo. Enseguida nos dirigimos al cementerio. Flanqueado por fragantes eucaliptos a través de un camino empedrado llegamos hasta la tumba del abuelo Augusto. El lugar más venerado por nuestra madre. “Gracias por la mamá que nos diste”, le digo, y unas lágrimas silenciosas, y no por eso menos jubilosas, corroboran mis palabras.

Camino de la iglesia para asistir a la misa me encuentro, cruzando Capillapampa, con Alberto Balboa, primo de mi madre, quien también residió en Ambar (distrito donde nacieron 5 de sus 16 hijos). Le dicen Cachaco, en Astobamba; en Ambar, le decían, Zacatín. Al llegar al templo, que luce no solo impecable y reluciente, sino también lleno, me conmueve contemplar el altar colonial magníficamente restaurado. Tengo la impresión, mejor dicho: me atrevo a conjeturar, que luce mejor aun que cuando lo construyeron hace tres siglos.

Salvo el altar, el templo en su totalidad es otro templo y también el mismo. Las paredes de adobe se volvieron de ladrillo y el piso de áspero cemento en lustrosa loseta. No lo construyó el gobierno regional, la municipalidad o algún organismo de cooperación, no, se trata simple y llanamente de una donación personal. Sucede que cuando Comberción Balboa, “Combicho”, murió, su viuda decidió hacer cumplir su voluntad: llevarlo a Cajatambo. Entonces, hijos y nietos aparecieron por Astobamba. Al cumplirse el año de su fallecimiento, durante la misa, consternado por las grietas que fracturaban las paredes del antiguo templo, Jesús, hijo de “Combicho”, preguntó al sacerdote con quien había que tratar para que autorizara reconstruir el templo. La incrédula respuesta del cura se hizo esperar, y fue reír en lugar hablar. “Por favor padre, no se ría, la iglesia da pena pero mucho más su falta de fe. Yo soy constructor y necesito su apoyo”, le dijo el hijo de “Combicho”. En el 2011, en poco más de tres meses, por obra de sus maestros más veteranos y el trabajo pagado de algunos comuneros y la gracia de Jesús Balboa Serna, Astobamba vio aparecer, o más bien: reaparecer, -a pesar de las grietas del suelo que ha devorado más de una decena de viviendas- el más esplendido templo de los pueblos rurales de la región Lima.

El sábado 8, después de volver del ordeño en Quichquina, previo al regreso, nos tomamos unas cervecitas con el tío Nasser (hermano de Jesús) en una tienda de Muñapampa, próximos al arco de bienvenida. El sol reverbera, sentados sobre unos troncos de eucaliptos se extiende ante nuestra mirada el verdor de otros eucaliptos y sobre todo la grata presencia de Astobamba. Más todavía: la enternecedora presencia de la casa del abuelo, con sus paredes blancas y su balcón celeste, (que al mirarla parece mirarnos).

Antes de partir, mi hermano insiste en volver al cementerio. Blande un lampa (que ha cogido del deposito de herramientas) y remueve la tierra de la única tumba rodeada de rosas (que nuestra madre cultivó y cuido). De seguro le encantaría verlo hacer lo que veo que hace. (No por nada, jamás lo olvidaré, sobre su cuerpo yaciente, alcancé a decirle: “Mamita, por ti vinimos y por ti vivimos, y aunque te vas seguirás con nosotros, nuestros pies serán tus pies, nuestra voz tu voz y nuestros ojos los tuyos”). “Aquí traeremos a mamá y a mamá Digna”, dice. “Y a mí también”, pienso.

“Acuchito mozo, nuna conocido, maychopish saychopish warmikuna wichkapayalan”, repetía mi madre y sonreía. Atento, diligente y efusivo, jamás pasaba desapercibido. “Yo conocí a tu abuelo”, recuerda don Regulo. “Tu no te imaginas, tu abuelo era un Jorge Negrete”. (Tan lo fue que hasta alguna tía paterna -antes de serlo- sucumbió a sus encantos).

Llega la hora de partir. Sentada junto a la puerta de un zaguán que da hacía la carretera y el área sumergida encuentro a la tía Allica: esposa del partero del pueblo que atendió el nacimiento de mi hermano. Empuña un bastón de madera y porta, para protegerse del calor, un sombrero blanco con cinta negra (similar al que lució nuestra mamá durante medio siglo en Ambar). Al despedirse manda saludos para mi abuela: “Aunque no se acuerde”, precisa.

A la salida del pueblo, puesto que el colapso de la red de servicios básicos ha devuelto al uso de los puquios, las mujeres que lavan prendas y conversan alzan sus manos sonrientes al vernos pasar. En Huaynupampa, el lugar donde Fernando Belaunde inauguro en 1966 la carretera, Simón Sáenz que nos viera jugar en la plaza de Astobamba del mismo modo que en aquel instante nos ve partir, alza los brazos y también sonríe. Y al verlos sonreír, entre tanta sonrisa, es imposible no creer que hasta la vida también no sepa sonreír.

DOS POETAS Y UN POEMA


Antonio Cisneros y José Watanabe (ahora ausentes) un día conversaron en un set de televisión. Y puesto que -a diferencia del papel- el soporte virtual permite verlos y escucharlos, depende de nosotros (los espectadores-lectores) que el diálogo ocurra y continue.

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA LICUADORA

  Un Marido Celoso:

- Vieja ¿ Dónde estas???
- En la casa amor!!!
- ¿Segura????
- SI !!!!
- A ver enciende la licuadora!!! RRRREEEE!!!!
- Ok! Viejita adiós.


Al otro día. ....
- Vieja ¿ Dónde estas???
- En la casa amor!!!

- ¿Segura??? Enciende la licuadora!!! RRRREEEE!!!..
Ok adiós... 


Al otro día el marido decide regresar a casa sin avisar.
- Hijo ¿Y tú mamá?
- No sé papá, salió y se llevó la licuadora!...