miércoles, 17 de abril de 2013

CAMINO A MANI



En el 2010, hice una visita que desde que tuve uso de razón aspiré hacer. Gracias a mi tío Aquíles, por su invitación y encargo especial, llegué a Mani. Esta es la crónica de cuanto ví y viví de aquella incursión inolvidable


Igual que Juan Preciado -el mítico personaje de las páginas de Pedro Páramo- la tarde del 29 de agosto de 2010 llegué sobre una
una moto, y bajo un esplendido cielo azul, hasta el paradero de Silkay. Me habían dicho, desde que la razón y la memoria me amparan, que allá abajo, en las cálidas tierras de Mani encontraría la tumba del abuelo de mi abuelo. No obstante, los hechos solo suceden. No hablan. Para que sean reales es necesario  volverlos palabra. Por eso, al iniciar esta crónica y evocar esos momentos, no ignoro que al abandonar la carretera, mientras la moto se aleja de regreso a Cajatambo, la quietud glacial del Huacshash, antes que la vasta y empinada ladera por la que debo internarme, atrae mi mirada. Similar a una página no escrita, la vasta albura de la nieve me mira; pero si el camino existe, conjeturo, de seguro lo habré de encontrar y no será ningún problema recorrerlo. Para darme ánimos, incluso, me repito a mí mismo, que es momento de hacer honor a mis proezas de veterano caminante que ha recorrido cientos de veces los más escabrosos senderos del valle de Ambar.
Apenas comienzo a andar no tardo en reconocer las huellas de pasos recientes que conservan, todavía, el pasajero relieve de quien las holló. Confirmo entonces que se trata de un antiguo camino por el que no solo un día antes una treintena de peregrinos han emprendido el mismo descenso que inicio yo, mi sombra y mis elucubraciones, sino otros caminantes cuyos pretéritos pasos han forjado este viejo camino. La verdad, son tantos recuerdos que rememoro, mientras descubro y avanzo por la ruta de quienes me precedieron, que es imposible no ser feliz entre tan sonoro silencio y tan poblada soledad. Por momentos, incluso, tengo la impresión que antes que a la fiesta de Ethel y Aquiles, los anfitriones, me dirijo no a la casa de campo de aquella pareja entrañable sino sencillamente al comienzo del comienzo.
Al comienzo del comienzo. No es para menos. He dedicado no pocas horas a otear un poco más de lo que me pudieron contar  la 
historia de mis antepasados, familiares o no; tanto que no me es más fácil saber que me alegra más: si ver a quienes veré o llegar al escenario histórico que colma mi memoria y desafía mi sosiego. Pues, conforme me acerco, siento más próxima sus presencias y no puedo no pensar que mis pasos son en realidad una continuidad. Un acto de genuina gratitud y a la vez de responsabilidad antes quienes legaron, para su pueblo y para su familia, un patrimonio superior a los bienes: un pasado que jamás dejará de ser presente. Por eso, mientras me aproximo, celebro, a cada paso, llevar conmigo una botella con pisco y un puñado de fascículos impresos -para brindar y celebrar- con sorbos y palabras. 
“Cajatambo, la historia y memoria”. Ningún nombre me parece más preciso. Pero al mismo tiempo tampoco más magro e insuficiente. Con todo, allá voy. Pues aunque me conforta haber puesto en el breve texto lo que creí imprescindible compartir con amigos y familiares de la tierra donde nací, conforme me acerco a Mani, pienso más en las ausencias que aun ensombrecen sus páginas: las semblanzas de Guillermo Dunstan Reyes (diputado por Cajatambo: 1912-1914) y de Emiliano Reyes (legendario músico).
Pero también entonces, con no menos aprensión que convicción, vuelve a mi memoria el recuerdo de la primera vez que ingresé al Palacio Legislativo para ser presentado a un joven diputado que, con el correr del tiempo, en el 2010,  llegó a presidir el Congreso. El instante en que al mismo tiempo que iniciaba mi aprendizaje en los quehaceres legislativos tuve la certeza, y el orgullo, para responder: “Yo creo que ya estuve aquí”. Y es que para mí el legado de José del Carmen Reyes Gutiérrez (diputado por Cajatambo: 1870-1872) jamás ha sido una referencia lejana ni difusa sino una presencia, constante y fraterna. Viva y real.
Caminar es mi manera de pensar con los pies, escribió un periodista cubano. No cabe duda. Mucho más -en mi caso- esta tarde en que me dirijo al encuentro de mi mismo en el reposo de otro cuerpo. Entonces, al percibir que la transpiración
conspira contra la corrección de mi arribo, en un recodo del camino me detengo para, igual que al comienzo cuando dirigí primero mi mirada al Huacshash, contemplar el redondo Morro de Parnamagay y secarme el sudor. Lo miro, mientras extraigo el frasco con perfume francés que guarda el aromoso y amoroso recuerdo de Francis Vizurraga, pero tal parece que fuera al revés. Al frente -por si fuera poco- coloso inmóvil de mis nostalgias escolares, descubro también al personaje tantas veces nombrado por sucesivas generaciones de cajatambinas y cajatambinos: el monolito de Wacatupi. Allí está, a media cuesta, en su eterna quietud, en su apuro pétreo que, a pesar de todo, de seguro, envidia los apremios y goces de nuestra frágil y sudorosa carne.
Al divisar la casa y escuchar la melodiosa belleza de las canciones que entona la banda de viento, justo en el tramo final en que apresuro el paso -debidamente perfumado- ocurre lo inesperado: unas insospechadas lágrimas distorsionan mi visión. Conmovido por tan repentina señal de deslumbramiento celebro el instante de ver y vivir cuanto me aguarda. Enseguida, repuesto de la emoción, vuelvo a apurar el paso. Rodeo una pirka que amuralla el patio y quien primero advierte mi presencia, no sin asombro, es Jashy, mi primo. A partir de allí la fiesta es para mí saludar a todos aquellos con quienes debí viajar el día anterior: tías y tíos, primas y primos, sobrinas y sobrinos, y hasta incluso -puesto que los hijos son nuestro más visible calendario- mi primera sobrina nieta, Majo, que lleva en sus ojos el hermoso color de Mani.
Luego de saludar a todos y saborear dos mates con pari, servidos al mismo tiempo, con no menor sorpresa, escucho a Miguel decir que me vió en Pucallpa en un reportaje sobre Huaura. Un reportaje que, por cierto, ni siquiera pude ver pero del que me hablaron quienes siguen el noticiero matinal del canal 5. De manera que ninguna referencia, por la distancia y por la circunstancia, puede ser más grata de oír que esta que mi primo evoca, mientras asentamos el suculento almuerzo con buenos sorbos de pisco. Y fue precisamente, alentado por el pisco, que me alejé de la fiesta para visitar la capilla que rinde tributo a Santa Rosa y sirve de morada postrera a quien fuera coronel de la guardia nacional, sub prefecto y diputado por la provincia de Cajatambo. Por eso, sin mengua de su sacro significado, ingresar al recinto final de José del Carmen me produce un sentimiento predominante de veneración cívica antes que religiosa. Y a la vez de gratitud.
Al regresar a la ronda de baile, y de tragos, Charito, la prima cuyo mensaje me convenció para venir, me pide prsentar el fasciculo que
hasta ese momento no es más que un paquete guardado dentro de mi equipaje.( Aquel puñado de páginas que fue motivo para que, cual torero o capitán, la tarde del 31 de julio me fueran destinados los aplausos más insólitos antes de comenzar con la faena). Apenas la banda hace una pausa mi prima se dirige a los presentes. Lo hace con un énfasis y una convicción que impresiona tanto como emociona. Ante tan generosas y elocuentes palabras, procuro retribuir las suyas, intento hacerlo, mal que mal, con otras no menos sentidas que pensadas. Pues hallarme en el mismo lugar desde donde, en 1883, se hizo acopio de productos, extraídos de las parcelas que nos rodean, que fueron transportados para abastecer al heroico Ejercito de La Breña es más que asistir a una fiesta. No lo digo pero lo pienso.

Archivo gráfico: Marco Chávez Reyes




domingo, 14 de abril de 2013

EL PODER DE DECIR


1915-2013

Previendo este inexorable momento: el de que su palabra lo sobreviva, hace meses leí las más de quinientas páginas de "La gran persecusión", el libro testimonial de Armando Villanueva del Campo, escrito en colaboración con Guillermo Throndike; aunque a decir verdad, se trata más exactamente de una prolongada y prolija entrevista antes que un libro de memorias convencional. Un libro en que, con lucidez no exenta de ironía y rigor no desprovisto de piedad, el lider histórico del aprismo rememora y reconstruye el devenir de su existencia, que no es otro que  también el de su partido, el Apra, al que adhirió en su primera juventu, a los quince años. 
Ocurre que aunque parezca que la política -la historia política- pertenece solo a los triunfadores, a los que ganan elecciones y logran triunfos, la verdad de la vida y de la historia, es que más allá de las funciones del poder, el verdadero poder de quienes aspiraron ostentarlo (aun habiéndolo alcanzado) es el poder de la palabra. El poder de decir. Y en ese sentido, nadie como Armando Villanueva ha ejercido aquel poder con rigor, humor y sinceridad. 
Pues su caso es el de un hombre austero, consecuente y decente, que comienza presentando sus recuerdos dejando constancia de la irónica paradoja de que quienes emprenden escribir sus memorias lo hagan precisamente cuando comienzan a perderla. De igual modo, al cumplir 95 también, con no menos franqueza y lucidez -vía una entrevista televisiva- se refirió a la inminecia de partir: "Yo soy socratico: la muerte la espero con tranquilidad". "Yo creo que después de esta vida, lo único en lo que podemos pensar es en dejar un buen recuerdo". Y cuando el entrevistador le preguntó cómo es que quisiera ser recordado, precisó: "Fui un hombre leal a mis principios que se fundaron en la conciencia de la libertad y en el objetivo de la justicia".
Decía también que la mayor enseñanza que aprendió de Haya de la Torre fue la vocación de enseñar. Sobre todo, de enseñar con el ejemplo. Hijo de un médico y ex diputado de clase medía, casado con una dama de vieja estirpe limeña, fueron su padres don Pedro Villanueva Urquijo y doña Carmen Rosa del Campo, le cupo ser aprista cuando el Apra nacia. Inscrito aun siendo escolar, participo en el histórico mitin de la Plaza de Acho en 1931 y fue su primer secretario de  juventudes. Asimismo, a partir de allí, en una época en que hacer política suponía algo más que tener argumentos, burlando soplones y enfrentando policias, acumuló siete años de brutales confinamientos. (En donde, para tener el alma siempre en acción, aprendió a hacer el exacto recuento cotidiano de sus acciones -que incluía la compulsiva ávidez por la lectura- diarias; cosa a la que adjudicaba la acuciosidad de su sorprendente memoria).
Premier, ministro, diputado, senador y candidato a la presidencia de la república, Armando Villanueva logró, contra viento y marea, los mayores honores cívicos que puede alcanzar un ciudadano con pretensiones políticas; pero ante todo, sin duda, su mayor logro fue el de convertirse en el sucesor de Haya de la Torre en la conducción del aprismo. Y aun cuando Alan García ganó el derecho de postulación presidencial en 1985, su liderazgo, lejos de menguar, se acrecentó luego de afirmar: "Siento el orgullo de un padre que se ve superado por su hijo". Y así también, junto a aquel gesto de nobleza, a partir de entonces, hizo gala de una gracia, agudeza y sabiduria, insospechada en un hombre con fama de hosco, duro y parco; entonces devino en algo más que un político: en una presencia. En un interlocutor cuya palabra valía -tanto por lo que había leído como por lo que había vivido- de puente del presente con el pasado, del ayer con el hoy. Y por supuesto, con absoluta justicia, terminó encarnando la história del aprismo; del aprismo heróico, sabio y honesto. El de aquella generación legendaria que terminada la refriega y luego de camuflar las armas debian leer a Shakespeare o Platón.
Siempre lo escuché, algunas veces lo ví, pero jamás conversé con él. Ganas, ni ocasión, no me faltaron. Preferí valorarlo y tener algo que decir. Y acaso, por eso, ninguna imagen me parezca más oportuna de evocar que el recuerdo de una noche del siglo pasado en que al retirarse del atestado auditorio en que se rindió homenaje a Fernando Belaúnde por sus 89 años,  fuera el único concurrente (incluido el homenajeado) al que se le acercó dedidida una mujer para expresarle sus respetos y terminar por decirle: "Armando, ¿me permites darte un beso?". "Sí". Entonces -Valle Riestra lo acompañaba- Armando se inclinó, recibió el beso, le dió las gracias y siguió su camino. Y la mujer, por su parte, más que alborozada se alejo en silencio, orgullosa y conmovida.
Ese fue el Armando que se fue. Y por eso, es el Armando que nunca se irá.





   

jueves, 11 de abril de 2013

MATATOROS

 

Aun cuando una versión de edulcurante sabor mediatico que circula por el Internet asegure lo contrario, al torero colombiano Álvaro Múnera, "El Pilarico", no lo retiró de los ruedos la piedad sino una grave cornada  en la plaza de Albacete, una tarde de setiembre de 1984, a causa de la embestida de un toro -paradójicamente- llamado "Terciopelo" que condenó a Múnera a no volver a caminar jamás.
Sin embargo, ni al accidente ni a sus performances previas debe Múnera su celebridad, sino al hecho simple y frecuente de haberse convertido en la voz cantante de personas que aman al bistec y detestan las corridas de toros. Incluso aseguran que jura haber sentido ser un mierda al confrontar la inocencia en la mirada inmaculada de los animales que sacrificaba. (Aunque, sin duda, que esa no fuera la mirada de "Terciopelo"). Con todo, aun cuando Múnera se hubiese recuperado; y más aun, aun cuando Múnera se hubiera convertido en opositor a la matanza de los toros, cabe una salvadora salvedad que hubiera propiciado (puesto que un torero es artista antes que matador)  el despliegue de sus dones.
La razón es muy concreta. ¿Porqué?. Pues ocurre que existe en el Perú un pueblo que aunque siente y comparte una pasión rotunda por las corridas de toros, es al mismo tiempo, un pueblo categoricamente opuesto a la tortura y ejecución del toro. Y no se trata de simples toros, ni de simples toreros; sino de los de más pura casta, y en cuanto a los capeadores, aquellos de la más virtuosa estirpe. Esta particular simbiosis, de conciliación y abolición, no obstante, surgió una tarde funesta, inolvidable, en que al ver sangrar al toro por el hocico con la punta de la espada atrravezando su pescuezo, quien por poco termina ejecutado fue el matador. Desde entonces, en Cajatambo el toro es el protagonista. Cada año, durante dos días, se lidian cada tarde seís toros que valorizan un promedio de 27,000 dólares, y que se compran para verlos actuar por no más de veinte minutos. Y los toreros, de los mejores que actuan en el país, cobran 1,500 por tarde, (obvio que en dólares). Con todo, la hora suprema llega no cuando la filuda y fría espada hiende la carne del toro sino cuando el torero empalma la mano abierta -que debía blandir la espada- sobre el lomo sudoroso del toro, bravo y hermoso.
Para quienes asumen, y defienden, la postura generosa de la abolición tajante a las corridas sangrientas, es importante hacerles saber de esta variante de genuina estirpe nacional.
 

sábado, 23 de marzo de 2013

MAYUSH

(Composición fotográfica: Harold Huertas)
                                                             "También mueren los lugares
                                                                en donde fuimos felices"
                                                                       J. R. Ribeyro


El verano termina. El sofocante calor se bate en retirada. 
A lo lejos, las nubes cargadas también se retiran 
(así es el Perú: país de reverberaciones y lluvias simultaneas). 
Pero lo mismo que el fulgor candente, la lluvia es eterna. 
Solo los cuerpos que transpiran, o se mojan, pasan y se van.
Arden los llanos mientras rugen las quebradas. Así es el Perú. 
Las nubes se vuelven lluvia y la lluvia torrente caudaloso.
Cuantioso tesoro que cae del cielo.
Torrente fecundo y generoso.
Y no pocas veces, torrente trágico y furioso.
Así de pronto mi ruta habitual se vuelve noticia.
Negocio noticioso de informantes y burócratas.
El barro en mis botas aun no ha secado
cuando una voz menciona Mayush.
Y también Cahuas; que no es Cahuas -reniego- sino Cahua
(eso ocurre por no viajar o cuando menos averiguar).
En Mayush igual que en Cahua se cultivan mangos
extraordinarios. La gente de Mayush pertenece a Ancash
y de Cahua a Lima. Los une una carretera y un puente.
Y el río.
El sábado 9 de marzo de 2013, carretera abajo,
el pueblo entero se trasladó  para competir
en un campo de futbol con sus vecinos cahuinos.
Partieron alegres, dijeron ya vuelvo, pero al volver el pueblo
que dejaron junto al río ya no existía. Solo el río rugía.
En su furia la lluvia se hizo barro, sepultó casas y cosas.
Aquella noche, sin embargo, igual en noventa años  
de noches previas, doña Toribia Minaya Mallqui dormía.
Cuando el alud entonces, luego de una lluvia inusual
y torrencial, cubrió las escasas casas de Mayush, 
fortín jubiloso de cópulas y sueños,
aquel sábado a las ocho de la noche, no solo Mayush murió. 
Pero del mismo modo que la lluvia no es solo
cristalino torrente que desciende de las nubes,
Mayush no son solo casas ni cosas,
sino su gente, paciente y tenaz,
que emprenderá otra vez nuevas cosechas,
construirá otra vez otras casas 
y gozará otra vez de otras cópulas,
para que los mangos extraordinarios,
ni las manos que las procuran, mueran jamás.


(Letrero enterrado que nombra a un pueblo que ya no existe)




(Solo el puente, sin pueblo ni gente, permanece)

lunes, 18 de marzo de 2013

RECUENTO



7 de Marzo de 1977. Parado sobre la pirka de la huerta veo detenerse junto al zaguán a dos jinetes que aparecen de pronto y conversan con mi madre. A pesar de la distancia, entre risas, escucho la voz de la muchacha. "¿Y quién está parado allí?" "Mi hijo mayor" "Caramba, entonces puedes ser mi suegra" "Jodida eres ¿no?". Enseguida, el padre sobre una mula y la hija se alejan rumbo a Campamento.
"Don Paulino va con su hija al santo de Tinda", me dice mi madre mientras sirve el almuerzo. "Me han dicho para ir, pero parece que va llover". Enfundada en un jean azul, me bastó una mirada para tener curiosidad de volver a verla. De manera que insistí hasta que mi madre aceptó visitar a su amiga.
Todo fue maravilloso hasta que me tocó bailar con ella, pues era la primera vez que bailaba un huayno. A pesar de todo pude preguntarle su nombre, aun cunado mi madre ya lo había mencionado: Carmen.

17 de Enero de 1998. Apenas se detiene sobre el césped del estadio de Huacho salto del helicóptero que vuelve de socorrer a los damnificados del valle de Ambar. En la mañana calurosa una repentina aparición me sorprende: María Urbano Berdiales. Rauda corre a hacer señas al helicóptero que comienza a elevarse. Para sorpresa de todos el helicóptero vuelve a posarse sobre el gras, entonces María y su tía suben y se van volando. Ser testigo de aquel viaje fue una clara y rotunda demostración del poder de la belleza, pues María no era cualquier María sino una mujer excepcionalmente hermosa.
"Si quieres viajamos juntos, espérame en El Óvalo, por la tarde iré con mi familia", me
dice Abraham Pacheco. Efectivamente, aparece conduciendo una combi y en ella encuentro nada menos que a Carmen, su hermana. El tiempo ha pasado, me señala a uno de sus hijos. "Pero el recuerdo queda, me dice, intacto, guardado como una joya en un cofrecito". Me cuesta imaginar un homenaje más perfecto a los sentimientos y recuerdos que nos unen.

7 de Marzo de 2011. Exactamente el día en que conocí a Carmen (hace 34 años) mi madre muere en el hospital regional de Huacho.

7 de Marzo de 2013. Es imposible no recordarla sin una lágrima. Camino desde Lascamayo a Ambar (17 km) y apenas llego al pueblo voy, igual a como acostumbraba hacerlo mi madre, al restaurante de Mavilia. Para mi sorpresa me ofrece cuye. Al escucharla siento que mi madre se dirige a mí a través de su amiga. Saboreo feliz aquel delicioso plato y parto -con la barriga llena y el corazón contento- rumbo a Huacho.
A medía tarde abandono el confort de la minivan que me traslada. Y el viaje resulta más grato aun por la amabilidad del chofer. Resulta increíble pero en un solo día de una intensa lluvia pasé a un intenso bochorno. Parece mentira pero así es el Perú: cálido y torrencial.