miércoles, 12 de diciembre de 2012

MARCO CHÁVEZ EN YANAPAMPA-ALTUSCANCHA



No nació en Cajatambo, pero Cajatambo nació en él.  Rosa Gonzales y Víctor Reyes, sus abuelos, forjaron aquella pasión. Una pasión que ha marcado su vida y que Marco ha perennizado en imágenes sensibles y precisas. Y es que (como todos, ó, casi todos) Marco  toma fotografías, pero en su caso (a diferencia de todos, o casi todos) es lo que mejor sabe, y prefiere, hacer. Pues Marco es fotografo profesional y por eso, en homenaje a Rosa y Víctor, un día trepó a las alturas para capturar la secuencia más lograda y memorable de fotografías de Yanapampa y Altuscancha, el fundo que heredó su madre en Cajatambo.

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martes, 11 de diciembre de 2012

REGRESO A CAJATAMBO






                                                                      

Después de 17 años de ausencia mi hermano decidió volver a Cajatambo (en donde, precisamente, a los 17, ó, poco más, se hizo padre). La noche del 6 de diciembre de 2012, se apareció, sereno y resuelto, con su mujer y sus consecuencias conduciendo un recio rodado (convertido para la ocasión en un wawasi móvil). Y aunque se trataba de asistir solo a la misa del hermano de nuestra abuela (que, a los 100 años, a sobrevivido a sus 8 hermanos) me sorprendió su decisión y entusiasmo (más aun teniendo en cuenta que un día me había dicho: “Para mí Cajatambo no significa nada. Yo prefiero Ambar”). De modo que, considerando el tiempo transcurrido y las contingencias del viaje, no tuve más remedio que relevar una promisoria reunión en la más estupenda casa de campo de la campiña de Huacho por horas de inclemente e insomne zarandeo; y lo que es peor, lejos de mi amada.


Luego de una tregua reparadora, partimos desde Huacho a las 12:30 de la madrugada y llegamos a las 6:30 del viernes 7. De Pativilca hasta Cahua dista 66 km. Entre cañaverales y parcelas la carretera -mezcla de asfaltado y trocha- sigue el curso del río Pativilca y recorre el territorio de la región Ancash. Cruzando el puente que conduce al poblado de Cahua (850 msnm) empieza Cajatambo. A 84 km de Cahua y a 3200 msnm, entre un cañón vertical y una empinada ondulación, se encuentra la capital provincial: Cajatambo. Precisamente a partir de allí, de Cahua, la carretera -estupendamente compactada- resulta impresionante, y hasta intimidante, no por haber sido mal construida ni mal trazada, sino, por el contrario, por la proeza de superar vastos y sobrecogedores abismos. De manera que, si es habitual definir la geografía andina como dramática ningún recorrido más convincente, y emocionante, que viajar a Cajatambo.

Volvemos a Astobamba. A la vieja casa de patio empedrado y torneados balcones de quien fuera don Augusto Villanueva Marín. La casa del abuelo que lo fue también de la maternidad de nuestra madre y escenario de los días más gratos y tristes de nuestra infancia. Venerable morada que fue, y sigue siendo, la más imponente y confortable del poblado. Lo paradójico es que su dueño casi no la habitó. Salvo por días, ó, a lo más, por unos cuantos meses. Primero cada vez que se lo permitía sus arduas labores de administrador de la hacienda Colpa (cuando esta era de lejos, con más de 2 mil reses, la de mayor concentración ganadera de Cajatambo) y después cada cierto tiempo al volver de Ambar, donde terminó por afincarse. Solo cuando el cáncer determinó su fin inexorable aquella casa sirvió al abuelo más que para vivir para -literalmente- esperar la muerte. Y allí expiró un 29 de setiembre de 1967, un día del cual mi hermano y yo a pesar de nuestra breve edad (2 y 4 años) guardamos ineludible recuerdo.

Al morir el abuelo una casa amplia y solariega en Cruz Blanca, el barrio más tradicional de la campiña de Huacho, sustituyó a nuestra añorada casa de piedra y balcones. Y a partir de entonces también Ambar ocupó el lugar de Cajatambo. Chacras, caballos, vacas, quesos y manjar blanco. “Nunca olviden que a este pueblo lo debemos todo”, decía mi madre. Y es verdad, todo. Más, mucho más, hasta mujeres, nos dio Ambar.

Con todo, a pesar del olvido -ó, acaso, por eso mismo- un día se me dió por volver a Cajatambo. Pero lo cierto es que más que volver me atraía la forma de hacerlo: a caballo del mismo modo que los viejos viajeros. Entonces, vencida todas las argumentaciones de mi madre para desistir (la beta que bota por igual a bestia o jinete, la principal) logré su complicidad. Fue el más maravilloso regaló que le agradezco. Pues cuanto pasa más el tiempo más disfruto de aquel viaje que me condujo no solo a Cajatambo sino también hacía estas palabras. No es para menos: mirar el Huayhuash desde un pico de roca de casi cinco mil metros de altura era un privilegio de otros tiempos. Sin embargo, gracias a mi madre lo fue también el mío. Y lo sigue siendo: el Huacshash y el Yerupajá esperándome cada mañana en la pantalla.

En la pétrea desolación de la noche una rauda luz señala el rumbo de nuestro destino. Pues no es este un simple viaje más sino el discreto y entusiasta retorno a nuestros orígenes. Al pueblo y a la casa que le dio vida a nuestras vidas. Pero además también porque mi hermano lo es sobre todo por los libros leídos y las aventuras compartidas. Me impresiona su destreza para enfrentar curvas y baches, parece ansioso por llegar. De pronto, debe detenerse y descender: piedras a mitad de Cañón Huayhuagpunquio (que quiere decir: donde el viento grita) y en medio de la oscuridad. En esas circunstancias me reconforta acompañarlo.
Ciprés y eucaliptos de Ambar

El amanecer nos alcanza en pleno ascenso de las curvas de Tumac. Nadie pensaría que es la primera vez que mi hermano conduce. Ríe y rueda. “Prepárate, le digo, la huerta de mamá ya no está donde la imaginas”. Al llegar lo corrobora: “Mierda, ¿qué es esto?” El asombro resulta evidente: la huerta está cinco metros debajo de donde mi madre lo dejo. Por eso dicen, y es verdad, que Astobamba se hunde. Pero así hundida, a pesar del colapso, me complace tener a la vista, enhiestos y felices, un ciprés y cuatro eucaliptos ambarinos que sembré.

Tan pronto ingresamos a la casa Lisbeth (9) y Joaquín (2) me acompañan hacía el balcón que da a la calle. “¿Qué les parece? ¿Les gusta?” “¡Sííí!”, responden al unísono. Al verlos, y oírlos, tengo la sensación que es mi madre, a través mío, quien les da la bienvenida. Pues, aunque nuestra infancia se fue, el hermoso balcón construido por el maestro ebanista Jiménez perdura intacto para alegría de una niña que sonríe acentuando sus hoyitos y un risueño niño rubio que, al igual que mi hermano y yo, nunca lo olvidaran. Al final, más que para la misa, se me ocurre que para regalarles aquel recuerdo es que hemos venido. Y puesto que, por lo general las cosas y las casas, sobreviven a quienes la hicieron posible, con más razón.

Después de dormir vuelve el fogón a arder con la leña de eucaliptos que mamá hizo cortar y trozar. Nilda, mi cuñada, es quien ahora se encarga del fuego familiar. No dice nada pero su esmero lo dice todo. Enseguida nos dirigimos al cementerio. Flanqueado por fragantes eucaliptos a través de un camino empedrado llegamos hasta la tumba del abuelo Augusto. El lugar más venerado por nuestra madre. “Gracias por la mamá que nos diste”, le digo, y unas lágrimas silenciosas, y no por eso menos jubilosas, corroboran mis palabras.

Camino de la iglesia para asistir a la misa me encuentro, cruzando Capillapampa, con Alberto Balboa, primo de mi madre, quien también residió en Ambar (distrito donde nacieron 5 de sus 16 hijos). Le dicen Cachaco, en Astobamba; en Ambar, le decían, Zacatín. Al llegar al templo, que luce no solo impecable y reluciente, sino también lleno, me conmueve contemplar el altar colonial magníficamente restaurado. Tengo la impresión, mejor dicho: me atrevo a conjeturar, que luce mejor aun que cuando lo construyeron hace tres siglos.

Salvo el altar, el templo en su totalidad es otro templo y también el mismo. Las paredes de adobe se volvieron de ladrillo y el piso de áspero cemento en lustrosa loseta. No lo construyó el gobierno regional, la municipalidad o algún organismo de cooperación, no, se trata simple y llanamente de una donación personal. Sucede que cuando Comberción Balboa, “Combicho”, murió, su viuda decidió hacer cumplir su voluntad: llevarlo a Cajatambo. Entonces, hijos y nietos aparecieron por Astobamba. Al cumplirse el año de su fallecimiento, durante la misa, consternado por las grietas que fracturaban las paredes del antiguo templo, Jesús, hijo de “Combicho”, preguntó al sacerdote con quien había que tratar para que autorizara reconstruir el templo. La incrédula respuesta del cura se hizo esperar, y fue reír en lugar hablar. “Por favor padre, no se ría, la iglesia da pena pero mucho más su falta de fe. Yo soy constructor y necesito su apoyo”, le dijo el hijo de “Combicho”. En el 2011, en poco más de tres meses, por obra de sus maestros más veteranos y el trabajo pagado de algunos comuneros y la gracia de Jesús Balboa Serna, Astobamba vio aparecer, o más bien: reaparecer, -a pesar de las grietas del suelo que ha devorado más de una decena de viviendas- el más esplendido templo de los pueblos rurales de la región Lima.

El sábado 8, después de volver del ordeño en Quichquina, previo al regreso, nos tomamos unas cervecitas con el tío Nasser (hermano de Jesús) en una tienda de Muñapampa, próximos al arco de bienvenida. El sol reverbera, sentados sobre unos troncos de eucaliptos se extiende ante nuestra mirada el verdor de otros eucaliptos y sobre todo la grata presencia de Astobamba. Más todavía: la enternecedora presencia de la casa del abuelo, con sus paredes blancas y su balcón celeste, (que al mirarla parece mirarnos).

Antes de partir, mi hermano insiste en volver al cementerio. Blande un lampa (que ha cogido del deposito de herramientas) y remueve la tierra de la única tumba rodeada de rosas (que nuestra madre cultivó y cuido). De seguro le encantaría verlo hacer lo que veo que hace. (No por nada, jamás lo olvidaré, sobre su cuerpo yaciente, alcancé a decirle: “Mamita, por ti vinimos y por ti vivimos, y aunque te vas seguirás con nosotros, nuestros pies serán tus pies, nuestra voz tu voz y nuestros ojos los tuyos”). “Aquí traeremos a mamá y a mamá Digna”, dice. “Y a mí también”, pienso.

“Acuchito mozo, nuna conocido, maychopish saychopish warmikuna wichkapayalan”, repetía mi madre y sonreía. Atento, diligente y efusivo, jamás pasaba desapercibido. “Yo conocí a tu abuelo”, recuerda don Regulo. “Tu no te imaginas, tu abuelo era un Jorge Negrete”. (Tan lo fue que hasta alguna tía paterna -antes de serlo- sucumbió a sus encantos).

Llega la hora de partir. Sentada junto a la puerta de un zaguán que da hacía la carretera y el área sumergida encuentro a la tía Allica: esposa del partero del pueblo que atendió el nacimiento de mi hermano. Empuña un bastón de madera y porta, para protegerse del calor, un sombrero blanco con cinta negra (similar al que lució nuestra mamá durante medio siglo en Ambar). Al despedirse manda saludos para mi abuela: “Aunque no se acuerde”, precisa.

A la salida del pueblo, puesto que el colapso de la red de servicios básicos ha devuelto al uso de los puquios, las mujeres que lavan prendas y conversan alzan sus manos sonrientes al vernos pasar. En Huaynupampa, el lugar donde Fernando Belaunde inauguro en 1966 la carretera, Simón Sáenz que nos viera jugar en la plaza de Astobamba del mismo modo que en aquel instante nos ve partir, alza los brazos y también sonríe. Y al verlos sonreír, entre tanta sonrisa, es imposible no creer que hasta la vida también no sepa sonreír.

DOS POETAS Y UN POEMA


Antonio Cisneros y José Watanabe (ahora ausentes) un día conversaron en un set de televisión. Y puesto que -a diferencia del papel- el soporte virtual permite verlos y escucharlos, depende de nosotros (los espectadores-lectores) que el diálogo ocurra y continue.

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA LICUADORA

  Un Marido Celoso:

- Vieja ¿ Dónde estas???
- En la casa amor!!!
- ¿Segura????
- SI !!!!
- A ver enciende la licuadora!!! RRRREEEE!!!!
- Ok! Viejita adiós.


Al otro día. ....
- Vieja ¿ Dónde estas???
- En la casa amor!!!

- ¿Segura??? Enciende la licuadora!!! RRRREEEE!!!..
Ok adiós... 


Al otro día el marido decide regresar a casa sin avisar.
- Hijo ¿Y tú mamá?
- No sé papá, salió y se llevó la licuadora!...

viernes, 30 de noviembre de 2012

YARHUIDA





            Vuela  poesía
            Vuela si quieres volar
                     H. Pérez

El viento desesperado
Mece las espigas

Sentado en la sala grande
Espero no sé qué palabras

Hoy es día de cosecha y
Nada es real si no se dice





martes, 13 de noviembre de 2012

ENTRE ASNOS Y DURAZNOS



Fuimos vecinos desde que tengo memoria. Entre casas de paredes de piedra e ichu construyeron la primera casa de adobe  y calamina en Lascamayo. Bajo esas paredes y ese techo, Griselda y Víctor, concibieron y criaron diez hijos (seis mujeres y cuatro hombres). Mi madre  bromeaba recordando que “La Cana”, su mejor vaca, y su vecina, coincidían, a veces, en el aumento.
Con todo un día abandonaron el predio. Se fueron del mismo modo que un día aparecieron. La casa de adobe y calamina quedó mustia y solitaria. Rodeados de hijas e hijos Víctor y Griselda se mudaron para Jalcán,  el caserío más cercano a Ambar. A partir de entonces los Gonzales Ramírez pasaron a ser visitantes.
Hasta que un día apareció Luis, el hijo mayor, junto con Nelly y se repitió la historia. Tanto que cuando nacieron las primeras hijas de Nelly y Luis mi madre los asistió, y así pasó de ser vecina a ser madrina y comadre. Por lo demás, los hijos menores, en especial Avelina, Dacio y Eleazar, en épocas en que la carretera era todavía una vaga esperanza, nunca se resignaron a solo ver pasar a mi madre. Diligentes y alborozados al verla aparecer la conducían a su nueva casa y descargaban a los asnos.
Por eso cuando Avelina, después de ser madre de una hija y dos hijos, pasó de Jalcán a vivir en Huacho, mi madre fue su amiga y su otra madre. Celebraba sus logros y deploraba sus frustraciones. La escuchaba y hasta la reñía, pero ante todo, reía con ella. (Y así se despidieron, abrazadas y riendo).
Por todo eso, cuando el sábado 10 de noviembre de 2012, el marido de la última hija de Griselda y Víctor, mientras caminábamos  por la carretera, me dijo: “Pasaremos pues a la casa don César: hoy es el cumpleaños de mi suegra”, de golpe se me vinieron los recuerdos y ante todo el afecto que sentía mi madre por la santa. Por eso aunque ese día, por ser también cumpleaños de la ciudad, en Huacho me esperaban Guillermo, el presidente del Rotary Club y también David, el más promocionado concertista de Cajatambo (de paso por Huacho), no lo dude y descendí por la sinuosa senda que conduce hasta el río para trepar a una canastilla de palo y a través de un cable cruzar hasta la otra orilla.
Al ingresar a la cocina mi presencia, como lo supuse, causa sorpresa. Y al abrazar a doña Griselda es imposible no creer que más que yo mismo quien la saluda sea también mi madre. Sentados alrededor de una mesa surtida por suaves y fragantes choclos, papas arenosas y queso fresco me parece increíble estar allí mientras, al otro lado del río, el ómnibus que debí tomar se va llevándose mi carga de viaje.
Siempre quise llegar al Lúcumo, el predio de Griselda y Víctor que, a pesar de su nombre, luce poblado de plantaciones de duraznos. Los mentados duraznos que desplazaron la preferencia ganadera de los ambarinos por la fruticultura. Se estima que ya van por 300 mil plantas en todo el distrito. Víctor me dice además que el costo de cultivo por hectárea es de 9 mil nuevos soles y el ingreso promedio de 30 mil. Cuesta, pero se gana, concluye, risueño y resignado.

Y también yo, más resignado que risueño, de visitante pasé a ser cómplice matarife, cuando, por porfía y ruego de Avelina, debí asir medía docena de gordos conejos sacrificados por Juan, el yerno, para que la gordita Avelina los convirtiera en suculento festín.
 
A la hora del almuerzo llegaron las nubes y con ella la lluvia. Y también Angélica, la hija mayor. La profesora, la única en el valle, que ha pasado casi todo su tiempo de servicio en las escuelas del distrito de Ambar. Y así entre comer y conversar se fue la tarde y también la lluvia. Hasta que por fin, con la última luz del día, el ómnibus de subida se detuvo en el recodo en donde empieza la senda de ingreso y apareció Luis. Gordo y feliz descendió por la senda y cruzó el río.

Al llegar la noche, Dacio y Hernán, desafiaron la oscuridad para traer las cervezas y los cartavios.  Cuando volvieron comenzó la fiesta. Bailamos y bebimos hasta el amanecer. Y así sobre el piso de tierra de la habitación en donde zapateamos los huaynos de Mario Mendoza a través de un pequeño aparato reproductor de imágenes y sonido pase una de las noches más conmovedoras y memorables de mi vida.
Entre bailes y brindis, Jeca, de pronto me confía una sentida evocación: el recuerdo de su tía Nashe. El tormento que le produce no haber podido hacer lo necesario, prácticamente imposible dadas las circunstancias, para que la traición de sus propios familiares no condujera a la muerte una noche de 1989 a Narcisa Gonzales Cánis, la hermana menor de su padre. “Tía, vámonos, mira allí están los terroristas”, le decía, dice. “Pero hija, a mí que me van a hacer, si yo no he hecho nada”. Incapaces de capturar a su marido la sacaron de la cama que compartía con mi madre y al día siguiente le dispararon por la espalda en la plaza de Ambar.

Cuando todos dormían me despedí del único sobreviviente de la travesía, Víctor, le agradecí las atenciones y me fuí. Decidido caminé hasta el río, trepé a la canastilla y jale la soga. Jale duro para atravesar los quince metros que separa una banda de otra. Al llegar a la otra orilla victorioso alce el brazo. Al verme Víctor hizo lo mismo. Entonces comencé a caminar feliz, pues caminar es para mí eso: una íntima y cotidiana felicidad. Solo que esta vez era diferente: parecía una película. Y lo era: la película de mi vida.

sábado, 20 de octubre de 2012

PUMATAQUÍN

Domingo 2 de setiembre de 2012: “Ándate por toda la sequia. Vas a llegar  derechito” “¿Sin salir de la sequia?” “Sin salir, por los eucaliptos”. Antes de emprender la cuesta esperé que fuera mediodía para llamar a la radio -era la hora de mi programa, “Cajatambo, canto y memoria”-  para saludar a don Esteban que ese día, allá arriba, en Pumataquín, cumplía años en la mitad del cerro donde pastan sus ganados y fecundan sus parcelas.

Portando un maletín donde, además de mis prendas, llevo una botella de macerado de melocotón en compañía de un comprador  de burros inicio la travesía. “Hoy es santo de un amigo. Voy a visitarlo”, le digo. El borriquero al enterarse que conozco su tierra me cuenta que aunque casado también él tiene una flaca en Huánuco. Al llegar a casa de Arturo Navidad, luego de recibir sus precisas indicaciones, nos despedimos.

A partir de entonces bordeando la sequía, a la sombra de los eucaliptos,  avanzo hacia el abismo. Me intimida no poder avanzar o perderme; no obstante, solo encuentro apacibles parcelas, bastante pendientes, eso sí. Al llegar a las proximidades de  la toma, sequia y camino se bifurcan. Extraviado por un instante vuelvo sobre mis pasos y, por fin, encuentro el paso apropiado. Salto una pirca y ya de pronto estoy cruzando un pequeño río que desciende de las alturas. El sol reverbera con absoluta plenitud. Complacido y victorioso refresco mis manos y mi cara.

Apenas al hollar la otra banda, al sentir que aquel era su territorio, comencé a pensar en ella. Pues cada paso que daba era como tenerla entre mis brazos. Alentado por aquel feliz desasosiego, a pesar de mis 85 kilos, subí la cuesta sin fatigarme y apenas detenerme más que para descansar a contemplar la belleza del panorama. Aunque solo, me sentía abrumado y feliz.

Al llegar a quien primero encuentro precisamente es al dueño del santo. Al verme el viejo puma de Pumataquín se sorprende y mientras refriega la vajilla bromea: “Que te parece, el día de mi santo me han mandado lavar los platos” “No hay problema si es para ser mejor atendido”.

Al caer la tarde, bajo un cielo hermosamente azul, al lado del cerrito de tierra que cubre la pachamanca, rodeado de cerros enormes y distantes, leve como la nube que trae el viento  llega a mi lado y busca mis labios. Se que me ama, aunque no lo dice y le cuesta aceptarlo. Al verla compruebo el hermoso regalo que me hice a mi mismo al venir.

Al descubrirse la pachamanca don Esteban insiste en que me fotografíe devorando la presa más grande y visible. Entre risas el flash resplandece y perenniza el instante. Por su parte, el macerado, surte afecto y efecto: “Esta bueno. Se siente el melocotón”. No menos evidente también resulta lo que siente mi corazón.

Al llegar la noche comienzan los brindis. Chacchamos, fumamos y bebimos hasta el amanecer. Y de su boca, a la luz de la luna  -mientras los hermanos conversan-, en la quietud cómplice del patio, rauda y sigilosa, llega también, no menos deslumbrante que el fulgor lunar, el ímpetu desolador de las palabras más conmovedoras y más  desesperadas que jamás podría olvidar.

Al día siguiente, a medía mañana, salí a divisar desde la colina. Al contemplar Ambar, tras los binoculares, mis ojos se nublaron de inmediato. Comprendí entonces cuanto la quería. No me equivoqué: antes de ir a su cama se las ingenio para llegar a la mía y regalarme un raudo beso de despedida.

Me dormí y me desperté pensando en ella. Y también pensando en ella caminé feliz los 10 km que separan Pumataquín de Ambar. Feliz de saber -sin saberlo- lo que una semana después me diria: “Solo se que te amo. Te amo, te amo y soy feliz. Inmensamente feliz. No te tengo en mis brazos pero estas en mi corazón, latiendo minuto a minuto, segundo a segundo, y eso me basta”.