viernes, 27 de febrero de 2015

JUGLARES



Igual que las aves, por lejos que vuelen, los músicos de Cajatambo (sus juglares) vuelven para los carnavales y -del mismo modo que las aves- unen sus cantos. Entonces -por experiencia lo sé- cantan para si mismos, o mejor todavía, por la alegría de estar en la tierra a la que deben su canto.

Miguel Alejandro Minaya,
director del grupo "Los Jirkas"




David Vega Rivera, solista



Melvin Reyes Contreras, director del grupo "Raíces Cajatambinas"

Ivan Salazar Trucios, fundador de "Horizonte Andino"

Joel Rosales y César García






Y cuando los músicos coinciden (como en este caso en el local de la agencia "Turismo Cajatambo"), entonces ocurre esto:



CARNAVALES 2015

(Foto: Norberto Hijar Cotrina)

Cuando en 1984 decidí llegar a Cajatambo desde Ambar a caballo imaginé que emprendería un viaje inolvidable. Un viaje del cual me sentiriría orgulloso siempre. No me equivoque. No por mí, sino por el pueblo y por las personas que encontré. Depués de todo, nací en Cajatambo. Volver, entonces, era mi deber.
Mi madre, tierna y amable, se opuso, preocupada más que por la distancia por los riesgos de la altura. Pero al final, persuadida por una terquedad harto familiar me proveyó de viveres, datos y nombres.
Desde entonces vuelvo siempre (aunque no ya a caballo). Además de mis familiares disfruto la dicha de la amistad de muchos de mis paisanos. También hablo algo de quechua (aunque mejor lo entiendo). De igual modo atesoro no pocos recuerdos publicamente secretos.
Sin embargo, en definitiva, creo que mi mejor forma de ser cajatambino es con los pies; es decir, cuando bailo. Y es por eso que nunca he sido mas feliz que cuando bailo "Cajatambina" -el himno de Cajatambo- con una ambarina.
Este 2015, a diferencia de otros años, me tocó pasar los carnavales en Ambar. No obstante al contemplar las imágenes adjuntas siento que, en ocasiones, no hay mejor presencia que la ausencia.

Ciprés carnavalero

Los músicos y los pequeños huaylashadores

Los niños tumbando su arbolito

Niña huaylashadora

Grupo "Raices Cajatambinas"

Hermanos Reyes Contreras, mis primos

Pari, infaltable.






LAGUNAS DE AMBAR

Lagunas de Jurorcocha. Al fondo, el Pukaparia.

Dicen que una es wlgu y la otra (de más arriba) warmi. Ambas sin embargo se llaman Jurorcococha. De allí, a 4620 msnm, nace el rio que dió vida a quienes construyeron la Ciudad Sagrada de Caral, el río Supe-Ambar.
En 1984, a los 22 años, lo crucé por primera vez cuando viajé a Cajatambo a caballo. Recuedo que a su orilla, entonces, almorcé junto a doña Benita y don Basilio Laureano (pareja de comuneros de Uramaza afincados en las alturas del distrito de Ambar) cuye dorado con papaseca y cancha. Nunca almuerzo alguno supo mas sabroso ni el amor de mi madre -cómplice de aquel viaje- más hermoso.
El 2008, a pedido de la empresa de turismo vivencial Coexamazón, volví a cruzar la laguna al mando de la Expedición Caral-Kotosh.
Sin embargo, en este irregular invierno de 2015, al volver a Ambar, nada me ha complacido tanto como saber que el 30.1.2015 una chica y un muchacho de padres ambarinos (pese a la lluvia y a la distancia) han recorrido los más de 10 km que distan del fin de la trocha Ambar-Gantuyog hasta las dos lagunas de un solo nombre. Incluso el comunero que los guió me dice que el muchacho se cansó y llegó a lomo de un manso burrito, pero que en cambio -impresionado recuerda Lando- la muchacha llegó, y regresó, por sus propios medios.
Al pasar por Ambar indago por ella. Betty, la dependiente de la única tienda de artefactos y perfumes del pueblo, me da su nombre: "Se llama Ursula. Es una flaquita". Hija de la bella profesora -residente alterna del distrito limeño de San Miguel y del de Ambar- Beatriz Berdiales Alor, nieta de don Dario Berdiales (nacido en Cajatambo) aquella muchacha representa para mí lo que, en un tiempo no muy lejano, serán los jóvenes peruanos: personas audaces capaces de vivir a altura de sus sueños.
 
Miro el Pukaparia (Cerro Colorado -en quechua- que este año volveré a contemplar un par de veces más) y nunca me ha parecido más hermoso que ahora que se que una muchacha y un muchacho (igual al que fui alguna vez) fatigaron todas las fatigas y temores solo por verlas. Y hacerlas suyas.
 
Ruta Ambar-Cajatambo (2008)
 https://www.flickr.com/photos/wilakoj/sets/72157629135808911/show/

jueves, 12 de febrero de 2015

ZEA DONDE SEA, SIEMPRE ZEA, LORELI




La conocí cierto día (día del cual no guardara, de seguro, ningún recuerdo) dando gritos exaltados. Por lo demás, eran tiempos de sofocante tensión electoral. Lo cierto es que al verla y escucharla sentí una exasperante empatia. Y es que en aquella voz y aquellos gestos era casi tangible el espíritu que la habitaba.
Con todo, recién cruzamos palabras el día en que decidió permanecer en el auto de su madre  (entonces congresista de la República). Sucedió que, para el caso, simplemente desistió hacer la corte a la hermana del candidato a la presidencia de la República (y que luego fue Presidente).
"No mami, prefiero quedarme en el auto  con el señor Reyes", fue su respuesta. Llevaba un libro entre manos y también una evidente perturbadora majestad en la mirada. Aunque no había forma, ni necesidad de hacerlo, quedé fascinado de hallarme en la orbita de sus atenciones y desafueros.
Cuando su mama ganó la reelección la celebración se hizo con una corrida de toros en Pachacamac, en el fundo ganadero de sus padres. Al finalizar la corrida y verme zaherido por los tragos, al verla en la explanada contigua al ruedo trate  de evitarla, pero igual me intercepto. Pero a la postre nada pudo ser mas hermoso que sentirme mas ebrio por verla y oírla que por la anodina ingesta. Aun cuando las recuerdo, sus palabras -sus breves e inolvidables palabras- en extremo halagadoras me entristecen.
Cierto día, cuando su mamá retomo su cargo, volvió al despacho y pidió conversar conmigo. Debía hacer una exposición y necesitaba información. Le entregue un breve ensayo que acababa de publicar sobre (y contra) el racismo. A los pocos días regreso y me agradeció. Además de obtener la mejor calificación la habían felicitado. Entonces, mirándome con certera y radiante seguridad me pidió (o mas bien, ordenó) almorzar juntos.
Pero el recuerdo mas perdurable que guardo de su trato (trato que por lo demás me envanecía) fue de la vez en que me pidió conseguirle las obras completas de Plutarco. Luego de infructuosas y vanas búsquedas por las librerías del centro de Lima un amigo diplomático me libro del apuro con estas palabras: "Cualquiera construye los cimientos de su formación con libros, pero quien recurre a Plutarco es alguien que va construir no una simple casa  sino un edificio cultural".
Al recibir los cuatro tomos anillados (de los que reserve otro tanto para mi uso) me agradeció con una sonrisa que parecía mas de estupor que de gratitud.
Pasado algún tiempo, develó el misterio de su sonrisa: "No fue un encargo, dijo, fue una prueba".
Una década después, en ese escenario de atisbos y resurrecciones que es el Facebook, la vuelvo a ver. Entonces, con jubilo y perplejidad, una a una miro y remiro sus fotos mientras recuerdo con implacable rigor sus impecables palabras: "César, ¿no te gusto?".  






 

jueves, 5 de febrero de 2015

RAMON PEDRAZA, MAESTRO

Ramón Pedraza flanqueado por los Clásicos de Cajatambo

El legendario arpista ha muerto, pero su musica vive y vivira. Y aunque -sin los acordes de don Ramon y su conjunto- nada de lo que me cuenten sobre la danza de Los Negritos de Cajatambo sera igual, inserto aqui una de las mas proximas versiones a su estilo

https://www.youtube.com/watch?v=LKO7eA9D_6I

TRES GENERACIONES, UNA PASION


Ricardo Cassin (1909-2009)
Reinhold Mesnner y Walter Bonatti

Riccardo Cassin es un escalador italiano que en 1969 ascendio al Jirishjanka (la cumbre de la Cordillera Huayhuash en donde quince años  antes siniestró un avión de pasajeros). Con ocasión de cumplir, nada menos, su onomástico centenario, Cassin recibe - a manera de homenaje- la visita de los dos más celebres escaladores de Italia. De Italia y de la historia.




viernes, 14 de noviembre de 2014

TODOS LOS SANTOS EN AMBAR


Plaza de Ambar
Mi madre -que pasó casi media centuria en el valle de Ambar- siempre apreció el cementerio del pueblo que se dice La sucursal del cielo. "Aunque no es muy grande está siempre bien cuidado", decía. Sus palabras -alguna vez se lo dije- me recordaban las del general Omar Torrijos, quien creía que para hacerse una idea precisa de como es un pueblo no existía nada mejor que visitar su cementerio. "Según como traten a sus muertos sabras como tratan a los vivos", solía sentenciar - conforme al testimonio de su amigo Graham Greene- el lider que recuperó el Canal de Panamá para su patria.
Persuadido por tales evocaciones, pero ante todo, convencido por el hallazgo de un oportuno binocular entre las cosas guardadas en la casa que albergó a mi madre, el 2.11.2014 (en el Día de los Muertos) decido caminar los casi 15 km que separan el predio de Lascamayo del pueblo de Ambar. 

Parto a mediodía y el camino que recorro es la trocha que en otro tiempo fuera (en su mayor parte) camino de herradura. Se trata -literalmente- del camino de mi vida. Pues por ese mismo camino -ahora extinto- llegué en brazos de mi madre a Lascamayo. Cincuenta años después el camino y mi madre han desaparecido. Ahora cada día la trocha carrozable construida es recorrida por un destartalado y atestado bus.

Mientras camino, cada cierto tramo, me detengo para hacer uso del binocular y contemplar con nitidez lo que en ocasiones habituales me resigno a mirar a la distancia. Pero no menos impresión me causan los recuerdos: en especial tener presente que por ese mismo camino Narcisa Gonzales (entrañable amiga de mi madre) fue conducida por una columna terrorista, un día de 1989, camino a su destino final. Acribillada por la espalda y en estado de gestación. Así murió Nashe en la plaza de Ambar. Imposible olvidarlo. Imperdonable ignorarlo.

Al final de la tarde, después de cuatro horas de caminar (y mirar) ingreso al pueblo. Al llegar me conmociona encontrar todavía  vestigios de los antiguos albergues destinados para los damnificados del terremoto de 1970. A la salida (o entrada -como en mi caso- para el que vuelve) se ven aun una hilera de aquellas habitaciones temporales. Me enternece mirarlas, pues delante de ellas, una tarde inolvidable de 1977, miré allí a Carmen. La vi lavando sus prendas junto al caño y a su abuela paterna. A pesar del tiempo, esta tarde, con no menos desesperación y emoción me parece verla todavía. Pues desde allí, desde una de aquellas precarias habitaciones me parece aun oír su voz inolvidable señalando mi destino: "Ven pasa".
Carmen, la de entonces

Pero apenas ingreso al pueblo me aguarda lo más increíble: encuentro a Carmen -gorda y arrugada, del mismo modo que yo calvo y canoso- sentada a la entrada de una casa en donde almacenan cajas para duraznos recién cosechados. Junto a ella se encuentra su prima Gavy. Las saludo con perpleja gratitud y luego de un breve intercambio de palabras sigo mi camino. Ocurre entonces que, en busca de almuerzo, llego al restaurante de Julia Pacheco (hermana mayor de Carmen). Al verme Julia me recibe con amabilidad y me invita a pasar. Al verme llegar don Paulino, su padre, me recibe con igual entusiasmo y gratitud. Y así, cuando regresan Carmen y Gavy, para sorpresa de ambas me encuentran compartiendo la mesa y conversando con el patriarca de la familia.

Don Paulino conoció a mis abuelos Augusto Villanueva y David Reyes, a quienes debo mi presencia en Ambar. Don Paulino los recuerda con aprecio. "Yo he tenido esa suerte de tener buenos amigos". Incluso hace memoria de una mula que mi abuelo Augusto le dió para amansar pero que luego de derribarlo terminó indomeñable y proscrita a las alturas de Gorgor.

La conversación se interrumpe cuando Carmen y Gavy se despiden. Pues un station wagon las espera para conducirlas hasta Huacho. Por su parte, don Paulino, apenas al despedirlas empuña  su bastón y se encamina rumbo al cementerio. "¡Mira, mi papá se va solo!", dice Carmen. Entonces siento en su voz el llamado del deber y alcanzo en la plaza al rozangante patriarca.
Durante un par de horas velamos a doña Josefina, su esposa, y a su madre. Y mientras las velas ardían conversamos. Le pregunto por qué la trajo si falleció en Lima. "La soñaba. Juntos llegábamos para acá", me responde. También me cuenta que se casaron cuando ella tenía 16 y el 21. Al verlo y escucharlo me conmueve la certeza de comprobar que para el amor no hay edad.


Cuando unas velas se apagan soy yo el que me encargo de reponer otras. No me lo dice, pero estoy seguro que le complace aquella coincidencia que nos reune en un día tan especial en un lugar no menos especial. Por mi parte -aunque no se lo digo- me hace feliz retribuir la existencia de quien hizo posible la existencia del más hermoso recuerdo de amor de mi vida.