viernes, 25 de abril de 2014

TORO TORO

Ingreso a caballo del Capitán de la Tarde y sus damas.

En Huacho, en una esquina de la avenida principal que conmemora el día de la Independencia, de pronto, enfundado en un pantalón oscuro, una camisa celeste y un pulóver azul, coincido con quien desde que tengo memoria conocí cabalgando briosos corceles y conduciendo una de las mas promisorias ganaderías del Valle de Ambar. No por nada, siendo joven, por disposición del ministerio de Agricultura, apareció un día en el pueblo para hacerse cargo de la atención de los ganaderos. Llegó por trabajo y se quedó por amor. Por amor a Carmen, la guapa ambarina que le dió cinco hermosas hijas y un hijo varón, (a quien puso el nombre de su padre: Genaro).
El tiempo pasó, y la época de los caballos y la ganadería también, pero no la gratitud y el orgullo de haberlos forjado y vivido. Pues, a sus casi setenta años, Adán Quinteros es, al igual que casi todos los antiguos ganaderos de Ambar, dueño de plantaciones de duraznos que han convertido al distrito en uno de los principales valles frutícolas de la región. Con todo, Adán es, y seguirá siendo, ganadero y sobre todo cajatambino. Tanto, que aun su hijo y sus hijas, pese a haber nacido en Ambar, comparten su pasión y preferencia por Cajatambo. De manera que, efusivo y enfático, precisa: “Fíjate tu, todas mis hijas han salido damas aquí en Huacho. En mi casa hay de recuerdo una colección de vestidos”. No es para menos, Adán y Carmen, son la pareja que mas ha contribuido al embellecimiento de Ambar para gratitud de Cajatambo.
Le menciono que lo ví en la reciente reunión de la comunidad cajatambina en Huacho saboreando un mate de pari. “Claro, yo también te ví”, me responde. Enseguida, me dice que tuvo que irse por una urgencia y que le mortifica no haber comprometido su apoyo para el Capitán de la Tarde Taurina 2014 oferente del convite; pues precisamente, para eso se organizan los wilakuy, para decir en que va a consistir el aporte que garantice el éxito de la celebración.
“Tanta sería mi emoción y entusiasmo que más antes me venía desde  Ambar hasta Huacho con mi caballo. Que cojudo, digo ahora, cuando, en vez de maltratar mi animal, podía haberlo traído en un camión”. Sin embargo, aunque no lo dice, más podía la pasión de ser un chalán y un hombre orgulloso de honrar la herencia del pueblo en que nació. 
Capitán de la Tarde: Juan Zevallos Arias. 1972.
“La verdad que yo he vivido otra época y lo que se hace ahora en Cajatambo en la fiesta, para mí, ya no es fiesta”. Dice que se trata más bien de un acto de lucimiento y de legitimación social y económica. Un modo de exhibir y proclamar solvencia y prosperidad antes que identificación y devoción. Dice que en sus tiempos, hasta la década de los sesenta del siglo pasado, las comunidades campesinas patrocinaban sus fiestas y las familias notables del pueblo la celebración de las tardes taurinas. “Cada cual por su lado, pero con  mucho respeto y cordialidad”. (Acaso a ese respeto ancestral, me pregunto, se deba a que en Cajatambo a nadie se le llame por un apodo y en Ambar, en contraste, nadie tiene mejor nombre que un apodo).
Entusiasmado por sus recuerdos me sugiere sentarnos para beber algo. Recalamos en un pulcro restaurante y alzando sendos vasos con jugo de frutas brindamos por el pueblo al que nos debemos. “En mis tiempos, dice, un ganadero era el hombre más importante que recorría los pueblos con su caballo”. Con su caballo y su revolver, pienso. No exagera, ni mucho menos, en épocas donde la agricultura era para el consumo local, la economía rural se sustentaba ante todo en la única actividad cuyo producto, sin carreteras, era posible movilizar: la ganadería. Por tanto, el ganadero no era un simple comprador, sino todo un personaje investido de atributos de banco ambulante y salvador providencial. Por eso mismo, para nada celebra ni  pondera la renta de sus tierras que producen duraznos, sino toda su nostalgia se concentra en su época de ganadero. Una época que además de negocios tiene más de venturas y aventuras.
Pueblo ganadero y taurino, Cajatambo, cada 30 y 31 de julio, año a año, se paraliza para espectar las corridas de toros en tributo de su patrona: Santa María Magdalena. Se trata, sin duda, de una tradición que de seguro surgió al mismo tiempo que la actividad ganadera en su territorio. Pero fue en el siglo XX, a consecuencia del prestigio de la actividad taurina en España, que en pueblos como Cajatambo arraigó aun más aquella herencia. De tal suerte, que hasta las bailoras del flamenco, encontraron un lugar en las celebraciones patronales del pueblo cajatambino.
“Antes, dice Adán, la fiesta comenzaba desde la traída del ganado bravo. Todo eso ya no existe”. Es verdad, los toros que se lidian en estos tiempos en los ruedos portátiles, bajan del camión y después de unos minutos, desaparecen del mismo modo que llegaron. Resulta tan mecánico y previsible el procedimiento, que todos lo toreros terminan pareciendo un solo torero y todos los toros un solo toro. De manera que, valgan verdades, de mucho no sirve que cuesten tanto para tan poco. Pues, salvo la elegante coreografía que lo precede, para estas corridas ya no resuenan los chicotes en los caminos, ni el pueblo, entre temeroso y curioso, mira y comenta que los temidos bravos están llegando, conducidos por no menos bravos e intrépidos chalanes cajatambinos.
“En otros tiempos, luego de tener autorización de los dueños (el principal fue Teófilo Reyes) el Capitán invitaba a los ganaderos más calificados para traer los bravos. Los reunía en su casa y los agasajaba. Entonces quedaban comprometidos para garantizar que en la plaza, el día de la corrida, aparecerían los bravos mas bravos de la provincia”. Teófilo Fuentes Rivera, Eutimio “El Chino” Rivera, los hermanos Andrade y Adán, el calichín, eran los héroes de aquellas gloriosas y remotas jornadas. Las haciendas de Shiri, Izco y Pumarinri, de Teófilo Reyes, eran los apartados confines de donde provenían los más viejos y bravos bravos. “Cuando llegábamos, después de entregarle los regalos del Capitán de la Tarde al pastor, nos poníamos a chacchar. Después, para escoger, el pastor entraba al corral y los iba separando. Los arriaba igual que a ganado manso. Era el único que podía hacer eso, pues lo conocían. Una vez separados, Eutimio entraba a caballo para ver si embestía y después le hacia frente con la manta Teófilo. Una vez probados y aprobados, cuando la manada partía, yo a mis dieciséis años me encargaba de ir adelante para avisar a la gente que venían los bravos”.
Recuerda a Juan Chamorro y Pichijuana, los legendarios personajes de las tardes taurinas de Cajatambo. “Eran marido y mujer. Vivian en el molino de Cuchichaca. El era trenzador. Le llevaban cueros y el entregaba cabrestos y cabrestillos, según le pedían”. Con un cabresto cruzándole el pecho y calzando un shucuy de estreno, Juan Chamorro, y su mujer, con su pollera y su manta a la espalda, seguida de un perrito blanco –de allí la chapa- aparecían en la plaza, ante el júbilo y la expectación del pueblo. “Pero era ella la que toreaba”, recuerda Adán. “Se ponía a bailar y cuando el toro embestía del modo más sorprendente y simple hacia un giro, y el toro se pasaba. Entonces la gente gritaba y aplaudía”.
Fornido, rubio y rozagante, Antonio Salazar, a pesar de sus ojos claros, fue una cajatambino con alma indígena. Ganadero legendario y notable danzante, cierto día hacía alarde de temeridad parado al pié de la baranda. “Salió un toro blanco jaspeado, cachudo y lanudo. Era un toro viejo. Corrió a embestir por toda la plaza y cuando el viejo Antonio penaba subir, lo agarró. Cogido de la barriga lo llevó al centro”. En tales circunstancias un clamor aterrador se adueño de la plaza. La policía intento balear al toro pero se lo impidieron: era preferible que Antonio muera en el ruedo a que ruede inerte a causa de un mal tiro. “En eso, apareció Pelayo Fuentes Rivera y con la manta llamó al toro, y este, para embestir, bajó la cabeza y entonces Antonio cayó al suelo y se fue rodando”. Pero a pesar que el toro lo tuvo suspendido de la barriga, tal si se tratase de un milagro no se veía por ninguna parte el más mínimo asomo de sangre en el cuerpo adolorido de Antonio. Pues lo que en verdad sucedió es que en su embestida el toro engancho no el vientre sino el waccho (la faja) que acostumbraba llevar el veterano ganadero.
“A pesar de que me gustaba arrear los bravos yo nunca torié. Tampoco la única vez que entré a la plaza”. Recuerda a Ruth y su desafío: “Si toreas”. El día de la corrida soltaron una vaca y ella le lanzó su pañolón, decidido Adán enfrentó el reto, pero llegando a su lado el animal se dió la vuelta. “No importa, le digo, tu hiciste  tu faena y ella tenía que compensarte”. Se mata de la risa y más chino que nunca, jubiloso de haber exaltado su nostalgia, me abraza para despedirse. Al verlo partir, recuerdo las palabras de mi madre: “Bien dice el dicho: quien fue buen joven será buen viejo”.     

lunes, 31 de marzo de 2014

EL DOMINGO DE DOMINGO

                                                                                                                                   (Foto: Marisol Pinedo)

Guiado por el apego insobornable de la sangre a la tierra que dió vida a nuestras vidas, consagrado a través de la devoción a María Magdalena, patrona de la provincia de Cajatambo, exactamente el día de su cumpleaños, Domingo García Quinteros eligió juntar amigos y familiares el domingo 30.3.2014.
Oferente principal de las celebraciones patronales en Cajatambo, Capitán de la Tarde taurina del 31.7.2014, sin duda Domingo, aquel domingo, protagonizó su onomástico más concurrido y apoteósico. Nunca mas justo ni mejor merecido. Pues, si es verdad que cantar es engañar a la muerte (que siempre gana), nada más cierto afirmar que Domingo a través de “Los Clásicos”, el grupo musical que dirige, es quien con más éxito la ha burlado con instantes de eterno júbilo y suprema emoción.
Por eso, aunque se tratara en concreto de una Junta (que en Huacho se denomina Wilakuy), antes que un acto de respaldo y afirmación, al amigo y a una entrañable tradición, el domingo 30 de marzo en local de Huarocondo (que existe en el mapa y en la imaginación) Domingo ha sido merecedor del más explicito y franco homenaje a su trayectoria de tenaz cultor de la música cajatambina. Y el mejor homenaje ha sido que todos los que se hicieron presentes le dieran como presente a Domingo el más inolvidable domingo de su vida.
Incluso yo mismo, a mis cincuenta y un años, rengo y convaleciente de una operación reciente, decidí abandonar mi reposo forzoso y llegar a aquel local cuyo nombre tuvo para mi -desde la lectura de “Un mundo para Julius”- míticas resonancias literarias (pues ocurre que el mayordomo de la trama de la novela de Alfredo Bryce es el tesorero, nada menos, del Centro Social Huarocondo). De manera que, seguro de hallar la recompensa de gratos reencuentros, imposibilitado de bailar y apenas tentado a beber, por primera vez en mi vida pasé, el domingo de Domingo, todo el tiempo de mi permanencia dedicado a ver bailar entusiastas y sedientos concurrentes.
En particular, no podría evocar el domingo más feliz de Domingo sin mencionar que la condena de contemplar me procuró la gratitud de vislumbrar el regocijo de una nueva generación tan virtuosa y dotada para el baile y para la vida, que a su modo, con su alegría, tributó a Domingo y a Cajatambo, el más espontaneo y cautivante de los espectáculos. No por fugaz menos memorable, no por tumultoso menos vistoso. Excelso y discreto privilegio el mío de ver  hermosa a una mujer en el momento en que lo es más todavía: cuando baila.
Los médicos, y nosotros mismos que somos su materia prima y final, tenemos la certeza de que nuestro cuerpo se compone de órganos, de partes de un todo que nos da vida y salud. Pero aunque no lo digan los médicos, ni nosotros mismos lo pensemos, las mujeres y los hombres, más que de músculos o de huesos estamos hechos de historias. Historias que convierten un árbol o una calle en algo más que una planta o una hilera de casas. Y es por esa embriaguez de comparecer ante lo vivido y  lo vívido, despojados de todo cuanto somos o hacemos, es que de vez en cuando nos juntamos para que al igual que los árboles que conforman el bosque o las calles al pueblo, celebrar juntos el orgullo y la gratitud de saber que Cajatambo, más que en un espacio geográfico, estará siempre presente donde está su gente.  


Reporte fotográfico:

http://ulisesrequejo.blogspot.com/2014/03/junta-las-100-de-domingo-garcia.html

domingo, 23 de marzo de 2014

LA MULA DE MIS AMORES

"No pensé que este día me tenia reservado el regalo de tu presencia", le digo. "No me emociones tanto, que en este momento soy capaz de pedir el divorcio", responde sonriendo. A unos metros, una camioneta la espera con su familia a bordo (para hacer un breve recorrido de lo que en otro tiempo demandaba horas recorrer, a pie o a caballo). Casi cuarenta años después, la tarde del 4.9.2016, en el mismo lugar en donde la conocí, perplejo, con no menos pesar que gratitud, escucho su voz y miro su mirada. 

Reales o virtuales, a mí  jamás me hablaron de mulas. No hizo falta: nací y crecí viendo, y cabalgando, una mula. Una mula inolvidable por su fortaleza y su indulgente mansedumbre. Una mula irrepetible y única, igual que la misma vida.
Memorable, mucho más todavía, desde aquel día en que, mientras el padre de mi madre ingresó a la cocina a desayunar, al ver la mula atada al bramadero del patio (pues mi abuelo se aprestaba a viajar) caí en la tentación de sentarme en su montura para salir, cabalgando, al camino.
"!Augusto, mira a ese muchacho! !Se va a caer!". Me parece oír todavía a mi abuelita (que hasta los 103 años  y 8 meses nos acompaño), al ver lo que veía: a su nieto de cuatro años sobre el lomo de la recia mula. Por su parte, mi abuelo fue breve y muy puntual: "!Dejalo!!Dejalo!". Enseguida, presto pero sereno, vino a mi encuentro sonriendo. 
Tan noble y afable era nuestra mula que hasta para cruzar el río se detenía y nos permitía, a mi hermano y a mí, tirarnos de barriga sobre su cálido y compacto lomo, hasta que un día -para variar- al llegar a la orilla, mi hermano resbaló y cayó a las frías aguas del río chico, (mientras yo me reía al verlo patalear hasta salir empapado).
"Las mulas viven más que los caballos y los burros", nos instruía mi madre. Era evidente, pues cuando el abuelo murió lo más querido que nos dejó fue la mula que lo sobrevivió. Y por eso mismo, hasta cuando a los catorce años conocí y me enamoré de Carmen (una rozagante y esbelta gordita, siete años mayor que yo), fue mi mula fiel la que me llevó hasta el pueblo para sofocar el fuego atroz y maravilloso que devoraba mi existencia.
Veinte años después, en 1997, casada y con hijos, el recuerdo de aquellos días entre nubes y lluvia, aun conmovían a Carmen: "Igual que en un cofrecito -perplejo la escuché decir-, el recuerdo de esos días, siempre estarán guardados en mi corazón".
Para mi, además, su recuerdo es indisoluble de mi primera y única mula. Por eso, cuando partí a su encuentro, un día de fines de marzo de 1977, conforme me aproximaba a Ambar, al mismo tiempo que me extenuaba una extrema emoción por volver a ver a Carmen, mi urgencia  por asegurar el retorno de mi cabalgadura a Lascamayo no era menor. De manera que, justo a la entrada del pueblo, cuando me crucé con el viejo Shela, arriando a paso ligero sus burros, mi corazón dió un vuelco de alegría. 
Era mediodía, apenas saludarlo lo detuve exultante y le pedí llevarse la mula de regreso. Enseguida, raudo, descabalgué y de inmediato los vi partir. En un instante. Entonces, al verlos alejarse, inmóvil, detenido en medio del camino, consternado, lloré. Pues, mas que a un viejo sobre una mula, vislumbré con melancólica certeza, que era la vida misma la que en ese instante se iba.  
 

sábado, 15 de marzo de 2014

RICARDO ESPINOZA Y MANEL DE LA MATTA


Ricardo en el Mirador de San Antonio. Cordillera Huayhuash.
Guía de montaña y miembro de la comunidad campesina de Huayllapa (provincia de Cajatambo), uno, y el otro, economista y alpinista nacido en Madrid, a pesar de la distancia de los lugares en que nacieron, unidos por una pasión común hacía las montañas, se conocieron y fueron amigos.
Ricardo, el montañero más calificado con que cuenta Cajatambo, es el guía que mas ha recorrido y mejor conoce la Cordillera Huayhuash. Padre de tres hijos varones (no menos amantes de las montañas que el padre) esta casado con Avilia Roque.
Cuando le pregunto quien, de todos cuantos conoció y conoce, es el alpinista que mas recuerda; sin dudarlo, de inmediato, responde: "Manuel, un español que se quedó en el Huayhuash varios meses. Ese pata si era un capo. Hasta me hizo escalar. Aquí paraba feliz. A veces hasta iba con nosotros a la chacra. Comía lo que comíamos y también chacchaba. Por las noches, sacaba su cuaderno y anotaba todo lo que conversábamos".
Con Ricardo,  frente a la laguna Jurao. Cordillera Huayhuash.
Las palabras de Ricardo, sin duda, condicen con lo que Valentin Giró, dicipulo y colega, considera era trepar cumbres para Manel: "La montaña era mucho más que la escalada escogida, era la historia y las narraciones de los alpinistas que la habían ascendido, su literatura, la fuerza de su naturaleza; los colores y formas de sus rocas, del agua, del hielo y el viento, el país".
Después de la cena, sentado ante la misma mesa donde también estuviera el alpinista catalán, le preguntó a Ricardo sobre su paradero. "Quedó en volver -responde- pero sus paisanos, otros españoles, me han dicho que murió de apendicitis subiendo una montaña en el Himalaya".
Entonces recuerda aquella ocasión de su visita en que luego de diez días se volvieron a encontrar. "Cuando volví estaba feliz.'Oye Ricardo, que te parece, me subí al Rosarío', me dijo". Enseguida, para celebrar, fueron hasta el pueblo. "Pucha, ese día comimos pachamanca y nos emborrachamos todo el día".
Así era Manel de la Matta, el alpinista que murió y se quedó el 18.8.2004 en la cima del K2, la segunda montaña más alta (pero primera en dificultad) del mundo. El mismo que, fiel a su pensamiento y a su sentimiento, declaró un día: "Es normal que se busque escalar y explorar las montañas más famosas, pero cuando esto ya se ha hecho, siempre queda encontrar o abrir nuevas y olvidadas vías”.


SHAMUY, PURIY, RIRGUY / VEN, CAMINA, MIRA

Sissy y Rolando (mis hermanos) junto con una amiga, en el mirador San Antonio

Junto con su música, su gastronomía y su folclor, la provincia de Cajatambo (356 km al noreste de Lima) guarda en su territorio una verdadera joya glaciar: La Cordillera Huayhuash. Visitada por extranjeros y desconocida por los propios cajatambinos, el Huayhuash recibe cada año más de cuatro mil personas que deslumbrados y deslumbradas lo recorren.
Por eso, no deja de ser paradójico y deplorable que la concurrencia nacional sea menor, y por eso mismo, su valoración escasa. Mientras, recorriendo miles de kilómetros, hay quienes no aceptan seguir viviendo sin hollar sus pasos sobre sus encantos, ó, cuando menos, mirarlos. Sin embargo, un país que cada día crece y logra alcanzar retos tantas veces postergados, merece también -con esfuerzo y decisión- alcanzar lo que jamás pudo, aun teniéndolo, ver y disfrutar.
Con ese propósito, para que las cajatambinas y cajatambinos  su perspectiva y orgullo de serlo (pues el 60 por ciento de C. Huayhuash pertenece a Cajatambo) y también para cualquiera -peruano o no- que crea que los mejores placeres de la vida son, justamente, aquellos que valen la pena; aquí una muestra de lo que pueden encontrar y experimentar.











                                                          

jueves, 13 de marzo de 2014

REGRESO A HUACHO



He pasado las mas de cuatro horas que el ómnibus a tardado en volver dedicado, a pesar del inclemente bochorno, a leer entrevistas y crónicas a través del celular. 
De modo que las palabras me han librado de una condena estúpida y enajenante.
 Así, a pesar del calor y la vulgaridad del viaje, he ascendido al Everest con su conquistador y al Huascarán -nada menos- con su supuesta, a la postre falaz,  conquistadora. 

Edmund Hillary
                  Annie Peck


También he conocido detalles de la composición de "La flor de la canela" compartida por su talentosa y bella autora. 

Chabuca Granda

Y para ir, mientras el viejo rodado traqueteaba cruzando el arenal, de las montañas al mar, me he regocijado con las confesiones del introductor del surf en el Perú y de la penetración -según confesión propia- de dos mil mujeres por el mundo.

Carlos Dogny
Así, cuatro horas después, con el aparatito en el bolsillo, resignado volví a la realidad.

lunes, 10 de marzo de 2014

LUIS FABIO XAMMAR



EL PERÚ, aquel país que surgió de la sucesión y extinción de la más importante civilización de América. El Perú, aquel país que surgió entre el mar y los llanos candentes, entre valles y cerros, entre ríos pasmosos y enmarañada floresta. El Perú, aquel país que se forjó con voces quechua, aymara, hablas amazónicas y el castellano europeo. El Perú, aquel país que proclamó su Independencia en 1821. El Perú, aquel país desangrado y casi quebrado de fines del siglo XX. El Perú, aquel país que casi se jodió es, por increíble que parezca, el mismo país que, por obra y gracia de su gente, al arribar el siglo XXI, renació de sus cenizas para convertirse en la economía más boyante y la democracia más estable de América del Sur. Ese es el Perú, el país, que nos ha tocado heredar y habitar. Pero que como solo se aprecia el presente cuando se vuelve pasado, es evidente que recién comenzamos a darnos cuenta que en verdad nos ha tocado vivir un nuevo amanecer. El sueño soñado, y casi siempre postergado, por tantas generaciones ausentes y precedentes.
Camino al Bicentenario de su Independencia, el Perú está conformado por 195 provincias y 25 jurisdicciones regionalizadas. También pronto alcanzará a tener 30 millones de habitantes (de los cuales, la tercera parte vive en una sola ciudad: Lima). En total, junto con la ciudad capital, son más de 20 millones de personas que, a lo largo de ciudades diseminadas entre el arenal, ocupan su área geográfica más reducida, la Costa, que no supera el 10 por ciento de su territorio.
Una de aquellas ciudades litorales, situada a 150 km al norte de Lima es Huacho. Con alrededor de 150 mil habitantes Huacho es capital de la Región Lima Provincias y ostenta además la generosa fama de ser la ciudad más hospitalaria del Perú. Acaso por eso mismo Huacho se halla en un proceso de crecimiento y expansión imparable y constante. Y es que Huacho, en su condición de capital de la provincia de Huaura, ocupa el cuarto lugar en el ranking de poblaciones con más alto Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Perú establecido por la ONU.
Por tanto, Huacho constituye el eje gravitante de la actividad económica, comercial, financiera, productiva, educativa y cultural de la Región Lima Provincias. Pero además, la misma Historia la respalda: en Huaura nació el gobierno independiente en 1821 y en Huacho hace cinco milenios surgió Bandurria, uno de los primeros pueblos pesqueros de la historia del Perú.
Por todas estas razones, en 1947, en una modesta vivienda próxima al mar, comenzó a funcionar el colegio “Luis Fabio Xammar”. Pero más que un colegio aquel centro escolar devino pronto en un espacio de inclusión y democratización del saber. Fue el primer colegio creado por el Estado en la ciudad, y por eso mismo, pronto, debió ser el primero. Y de hecho que lo fue y lo seguirá siendo.
Pero el nombre que le fue conferido era tributario del hombre al que rendía honor y memoria: Luis Fabio Xammar Jurado, literato y docente, trágicamente fallecido, a los treinta y cinco años, en las montañas de Antioquia en 1947. Así nació el Xammar, en homenaje a un maestro. Un maestro que a través de un colegio sigue cubierto de gloria.
Luego de peregrinar en sedes impropias y precarias, cuando por fin parecía haber alcanzado el status merecido, el terremoto de 1966, dejó en escombros el local recién edificado. En 1977 se inauguró el local que lo relevó hasta el año 2010. De manera que aun cuando, igual que quienes lo conforman, el Xammar rodara por los suelos más de una vez, jamás sucumbió. Por eso, porque el colegio “Luis Fabio Xammar” forma parte de la historia de Huacho es que la población entera, con incredulidad y sorpresa,  en medio de una ostentosa y angurrienta polución de colegios privados, recibió la noticia de que el más viejo colegio estatal de la provincia de Huaura tendría un nuevo local y una nueva categoría.
Convertida en colegio emblemático y dotado de la infraestructura más espaciosa, completa y confortable que ningún otro centro escolar (público o privado) de la Región Lima Provincias ostenta, es el mismo colegio, y lo seguirá siendo, que aquel lunes 10.3.2014 estrenó, una vez más, nuevo local, con no menor regocijo que en 1947, cuando en una callecita empedrada, un local improvisado abrió sus fatigadas puertas, para recibir a los hijos de un pueblo pundonoroso, seguro de alcanzar la estatura de sus sueños y la edad de su esperanza.

APENAS DESPERTÉ el 10.3.2014 recordé a Lizbet. Madre, graduada en turismo, ex alumna del “Luis Fabio Xammar” debía aquel día –como lo hiciera alguna vez su madre con ella- llevar a su hija al colegio. Consideré que no podía haber más grata sorpresa para volver. De manera que, luego de ir por ellas, juntos arribamos al reluciente y vasto local, donde todo además de novedoso resulta portentoso.
Con certeza, aquella categórica imponencia debió ser el motivo predominante para que muchas familias en Huacho decidieran que era hora de rescindir su confianza en los colegios privados y matricular enseguida a sus hijas y a sus hijos en el “Luis Fabio Xammar”.
Alta y buenamoza, cuando le pregunto que es para ella el Xammar, Lizbet me dice que es la institución a la que más le debe en la vida y a la que más agradece: “Además de estudiar y formar parte de la escolta, aquí aprendí el básquet hasta jugar por la selección del colegio, también aprendí a bailar la marinera y a tocar la mandolina; que son las cosas que más he disfrutado hacer en mi vida”.
Y cuando le pregunto que comporta aquél día inicial y especial, me responde de inmediato: “Lo más hermoso: que mi hija me devuelva al Xammar y que yo se lo entregue”.
Por mi parte, no puedo quejarme: cuando en el 2004 presidí las celebraciones por las Bodas de Plata de mi promoción solo lamenté no tener en mi galería sentimental una xammarina a quien amar. Modosita, con la naricita empinada y un ceñido pantalón que denota una apariencia que aun deslumbra, rodeada por marchitos cuerpos desbordantes, la miro y la remiro. No puedo quejarme. Emocionado, solo repito para mi mismo las letras de aquel himno inolvidable e interminable: “Juventud xammarina adelante”.

LA PRIMERA semana de mayo de 2004, después de veinticinco años de concluir mi paso por el colegio “Luis Fabio Xammar” de Huacho, volví a comparecer ante un grupo numeroso de la promoción 1979. Pues se trató de un reencuentro y celebración en conjunto con integrantes de distintas aulas. Convocados por el entusiasta empeño del abogado y oficial EP Guillermo Nuñez, gracias a su iniciativa, me correspondió presidir la ceremonia y pronunciar el discurso respectivo.
Cantar el himno del colegio en un círculo fraternal de 160 brazos entrelazados constituyó sin duda la emoción suprema. Volver a ver gordos a quienes partieron siendo flacos y volver a ver calvos a quienes partieron irreverentes y melenudos, ya de por sí, le añadía a tan excepcional circunstancia una gracia adicional.
Después de una obligada diáspora de un par de años de espera, en 1977 nos tocó ser los primeros ocupantes del local recién construido por el gobierno militar. Pero en aquel retorno, más que la infraestructura lo que más nos impactó, hasta alcanzar ribetes de estremecimiento colectivo, fue la arquitectura corporal de una rutilante y bella profesora de religión de apellido italiano, nariz aristocrática y formidable cadera.
“No hay mejor humorista que el tiempo”, decía con sabía ironía Armando Villanueva del Campo. En verdad, aunque siempre lo repetí, no lo comprendí hasta que un  día de fines de 2013, en una esquina de la avenida 28 de Julio, una repentina y brutal aparición me obligó a cotejar el tesoro de mi memoria escolar con la espectral visión que tenía delante de mis ojos: una magra mujer, depredada y arrugada.
Detrás de la luna del automóvil, trasmutado en fugaz visor del tiempo, conmovido, muy a mi pesar, no tuve más remedio que reconocer que aquel repentino espectro no era otro que quien un día fuera la bellísima profesora Bonicelli. Al verla, sentí furia y sentí pena. Ella, felizmente, ignorante de mis tribulaciones, esperó apenas unos segundos con la mirada fija en el semáforo para desvanecerse enseguida tan raudamente como había aparecido.
Sin embargo, veinticinco años después de haber salido de sus aulas, pese a la participación protagónica que me tocó asumir –reitero- al concluir las celebraciones por las Bodas de Plata de la promoción 1979, sentí la íntima frustración de no hallar alguna ex alumna con quien resucitar mí pasión adolescente. Con todo, cuando, y donde, menos lo preví, zambullido entre documentos históricos sobre la presencia del Ejército Libertador en Huaura, un día conocí a Lizbet Varillas Susanibar (promoción 1988). Y fue así como, de la mano de Lizbet volví al Xammar.