martes, 25 de agosto de 2020

DOS AMIGOS EN UNA CALLE DE YAUYOS



José María Arguedas, portando un moldecito de queso, junto a su amigo Alejandro Cervantes. 
Fotografía tomada por Sibyla, esposa del escritor, en la calle Comercio de la ciudad de Yauyos.
En septiembre de 1969, Arguedas retornó a la ciudad de su juventud, en la que vivió junto a su padre por los años 1929 y 1930.
Durante su permanencia el primer amigo de Arguedas fue Alejandro Cervantes. Cuatro décadas después Arguedas fue a despedirse de Yauyos y de su entrañable amigo (dos meses antes de su muerte).
Al encontrarse, cruzando un puente, el profesor Cervantes invitó a su célebre amigo a almorzar en un restaurante, y al despedirse, le hizo entrega de un paquete que quedó en sus manos para la posteridad.


jueves, 28 de mayo de 2020

ADIÓS VIDA MÍA


  

Manuel amaba a Dorila. Dorila amaba a Manuel. Pero, como con no poca frecuencia suele ocurrir en la vida, Dorila terminó casada con David.
Ella era hermosa. Hija única de una familia portuguesa establecida en Caujul. 
La madre de David propuso a la mamá de Dorila juntar las vidas de sus hijos y sus patrimonios.

Cuando nada de eso era imaginable,
a lomo de un brioso corcel, Manuel se apareció un día en Caujul. Cabalgó ansioso las horas de recorrido que separaba las haciendas de sus padres. Apenas llegar se encontró con el pueblo de fiesta, no por ser día de celebración patronal sino porque la niña Dorila, su hermosa Dorila, se había casado y los festejos duraban ya una semana.
Al saberlo Manuel experimentó la sensación más desoladora de su vida, una angustia atroz y sin límite. 
Cuentan que miró al cielo, que sacó su revólver, que descargó todas sus balas y se fué. Así murió el amor de Manuel por Dorila.

Pero el amor nunca muere, solo cambia de lugar.
Veinte años después, Luzmila Reyes (hija de Dorila) se casó con Roberto Vizurraga (hijo de Manuel). Así, a través de sus hijos, el amor de Dorila y Manuel, encontró su camino y consagró un destino.

viernes, 18 de octubre de 2019

LECTURA & ESCRITURA

 


 

Camino por las calles de Huacho con un libro entre manos.
Tengo canas y escasos cabellos pero el regocijo pedura intacto.
Con todo, no leo todo lo que quisiera y ni siquiera creo ser el lector que fuí.
Aun así, vaya sorpresa, me hallo concentrado en la lectura -alternada- de dos memorias y dos novelas.
“Mi último suspiro” (Luis Buñuel) y “La lengua absuelta” (Elias Canetti).
“Tiempos recios” (Mario Vargas Llosa) y “La Perricholi” (Alonso Cueto).
Los cuatro abordan y cuentan hechos reales (vividos por sus autores, los primeros, y por sus protagonistas, los segundos).
Las memorias, puesto que no me fue posible hallarlas en volúmenes impresos, las guardo en la memoria de la tableta.
Leo a Buñuel antes de dormir y a Canetti al despertar.
Viejos memoriosos y memorables.
En el caso de las novelas estas no necesitan de ninguna recarga pues están en casa, igual que siempre, en papel y tinta.
Dicen que la realidad siempre decepciona y para hacerla soportable recurrimos a mundos paralelos.
Si ese fuera el motivo todos serían lectores.
No es así, pero tampoco es menos cierto que todos -sin excepción- buscan algo semejante que de vida a sus vidas.
Pero, a decir verdad, cualesquiera sea el motivo, más que saber o distracción lo que siempre he creído encontrar en cada lectura es un camino.
Una ruta de comunión y comprensión, es decir, de piedad y confraternidad.

sábado, 15 de junio de 2019

ENCUENTRO CON BOLIVAR




"En la mesa de la oficialidad de la fragata el tema de la conversación era Bolívar, a quien admirábamos como el conquistador de la Libertad patria y a quien frecuentemente comparábamos con Washington, creyéndolo superior".

"De gran uniforme, a la cabeza el almirante, montamos a caballo la mañana fijada, y después de una cabalgata de dos horas por caminos polvorientos, llegamos a Santa Magdalena, cuartel general del Libertador. Fuimos introducidos al salón del recibo, el cual estaba sencillamente amueblado".


"Bolívar vestía de uniforme azul, con bordados de oro; encima de los pantalones llevaba un par de botas inmensamente grandes, que le llegaban más arriba de las rodillas. Su aspecto y su actitud eran las de un perfecto militar. Era de estatura mediana, muy flaco y de constitución física bastante raquítica; el bigote grande y negro, y éste, lo mismo que su abundante cabellera, comenzaban a encanecer; pero le daban un aspecto marcial, que estaba en manifiesta oposición con su voz débil y con su desmedrada figura. La cara, decaída, obscura y quemada por el sol, comprobando las fatigas porque había pasado, mientras que la frente alta y la seriedad de sus modales inspiraban veneración e involuntariamente se veía uno obligado a inclinarse delante de él, aunque no afectaba presunción o despotismo. A mí me produjo la impresión de un grande hombre, satisfaciendo en todo sentido la idea que nos habíamos formado de él, según las descripciones que se nos habían dado".

"Napoleón -dijo el Libertador- deja grandes recuerdos, y estoy seguro que todos los franceses la invocan en sus corazones".

"Con  una exquisita amabilidad, se dirigió a cada uno de los oficiales para preguntarles por sus nombres y por su posición a bordo de la fragata. Parecía fijarse con atención en los distintos apellidos, y a cada uno de nosotros nos dedicó unas palabras amables, lo cual hizo resaltar más la insuficiencia intelectual de nuestro almirante.
Como quiera que yo vestía uniforme de la marina danesa, algo diferente al de los demás oficiales, me preguntó la razón de ello, y cuando la di, dedicó unas palabras laudatorias a mi patria. 
A todos nos tomó de las manos, y al cabo de una hora terminó la audiencia.
Jamás había visto yo la superioridad de la fuerza intelectual manifestarse tan visiblemente como en aquella célebre visita"

Fuente: Colección Documental de la Independencia del Perú, tomo XVII, volumen tres, páginas 67 al 72.
Autor del relato: C Van Dockum (marino nacido en Dinamarca, integrante de la fragata francesa "Marie Therese", acoderado en el puerto del Callao en 1825)



viernes, 14 de junio de 2019

WILAKUY


Felices, ebrios de dicha, al escuchar
sus voces
se regalan sus voces.
Son solo palabras pero en realidad 
son caricias.
Caricias sonoras. Fuego de amor.

Miles de millas separan sus cuerpos.
Cuerpos unidos por palabras.

Avanza la noche, las palabras fluyen.
Llega la mañana, las palabras fluyen.
Transcurre el día, las palabras
-incontenibles-
siguen fluyendo.

Alegrías y tristezas, una vida entera, 
discurren bajo la clara luz 
de un nuevo día.

En la segunda mitad del siglo XX
durante diez y seis horas un diputado
pronunció el discurso más prolongado
de la historia parlamentaria del Perú.

Diez y siete horas después, 
al caer la tarde, 
a las cuatro en punto, en la quietud 
solitaria de dos habitaciones distantes,
llega a su termino
un diálogo para cuyo parlamento
no hubo ni hambre ni sed, 
solo hambre y sed de palabras.

Conversación convertida conversión,
destino, camino, dicha suprema 
de ser uno 
siendo dos a una sola voz.


jueves, 6 de junio de 2019

UNAY INTI




El Tayta Inti asomando por la ventana.
Tiernos pajaritos cantando en el jardín
el canto intemporal de las aves.
Flores aromosas (sobre  todo rosas)
de intensos y arduos colores.
Una morada iluminada por el vasto
sol de junio en una calle de Atlantic City.

Dentro de la morada, en una habitación
de albura inmaculada, los acordes 
de un arpa lejana y hasta el canto
de un gallo remoto estremecen 
el despertar de María Elena Vizurraga.

Sin embargo, tan pronto se impone 
el silencio cotidiano que da termino
a aquella íntima ceremonia de amor
por la tierra que la vio nacer, entre
flores silvestres y cantos de aves,
unas escuetas palabras, literalmente,
la lanzan desde su lecho  ante
los ojos del mundo.

Perpleja y consternada, presa de júbilo   
y estupor, lee las palabras que porta
el mensaje de la firma de perfumes
y moda mas legendario que aroma
y viste al mundo.

Nerviosa y presurosa, apenas despierta
su hijo (su fan más deslumbrado), 
coge su camioneta rumbo al salón
donde la espera la sesión de alta costura
organizado por la marca Chanel.

Medía docena de vestidos (cuyos costos
serian suficientes para comprar
un vehículo o una casa decorosa), 
transitan por su alado cuerpo mientras
las luces y los flashes iluminan el andar
radiante y glamoroso de la muchacha 
que un día, igual que las flores silvestres 
y el canto de los pájaros, 
vio la luz insobornable de la vida
bajo el sol inolvidable 
de Arayco.  


viernes, 31 de mayo de 2019

PRESENTIMIENTO


Después de almorzar y dar de lactar a mi hermano mi madre cogió una manta y se dirigió rumbo a Rodeocorral. Se fue en busca de boñiga seca que habría de atizar en el fogón de una casa situada en la parte alta del valle Supe-Ambar.
A medía cuesta, sin embargo, una indefinible y súbita aprehensión la estremeció. Detuvo su andar y giró sus pasos. Miró con melancolía la casa de piedra y techo de paja que una década antes, al llegar de Cajatambo a Lascamayo, su padre mandó construir.
En esa casa mustia, flanqueda por dos ríos, dormía mi hermano recién llegado al mundo un par de meses antes.
"Ay mi hijo, no lo he bañado", me contó que pensó.
Enseguida, sin pensar nada más, se regresó y encendió el fogón para poner a hervir agua.
Cuando terminaba de bañarlo, por el camino aparecieron Lucha y Gushma.
Mientras mi madre terminaba de vestir a mi hermano y conversaba con la pareja, luego de un ruido atronador, la tierra comenzó a temblar.
Eran las 3:23 de la tarde del domingo 31.5.1970.
"Las piedras rodaban de las laderas y la quebrada se llenó de una nube de polvo que duró días en desparecer", recordaría mas tarde.
Pero lo que verdaderamente jamás olvidó mi madre es lo que vio apenas terminó el sismo mas destructor de la historia del Perú.
Rudas y despiadadas piedras, que apenas unos minutos antes eran una pared, cubrían la cama en donde mi hermano hubiera muerto aplastado y triturado si la mano de mi madre no lo hubiera librado de tan trágico destino.