viernes, 22 de junio de 2012

GENERAL DE GENERALES

(1919-20129)
Guste o no, puesto que la vida ni la historia admite remiendos, la vida y la historia no es lo que quisiéramos que fuera sino lo que ha sido. En ese sentido, a pesar de los pesares de quienes lo lamentan y más  allá del júbilo de quienes lo celebran, al evocar la década de los sesenta y setenta del siglo XX en el Perú es innegable el rol protagónico  que le tocó cumplir al general Edgardo Mercado Jarrín.

Pero acaso más allá de  su trayectoria militar y su actuación política, al militar se impuso el maestro e investigador acucioso de los avatares geopoliticos. Lo prueba el hecho mismo de haber sido en vida, y aun después, el más recordado y respetado de los comandantes generales del Ejército del Perú.

Aunque no guardo recuerdos personales de su paso por el poder (pues entonces me importaban otros juegos y fuegos), no obstante, cuando me tocó desempeñar el cargo de asesor legislativo recuerdo haberlo reconocido alguna vez, seguido por un asistente,al ingresar al Congreso. Pues en la discreta y apacible apariencia del anciano que vi  cierta mañana se hallaba también presente la permanencia de uno de los hombres más poderosos del país.

Pues Mercado Jarrín no solo lució las insignias de mayor rango de su arma sino, sobre todo, la más alta distinción que puede ostentar cualquier persona: la luz de su pensamiento. Nacido en Tacna, sin duda, la honró con inteligencia y valor. Y de todos los recuerdos  que convoca su memoria ninguna mejor que la sorpresa del editor de la pagina de opinión del periódico en donde el veterano y renombrado general publicaba sus artículos: "Fíjate que a veces lo he hecho esperar. Y me espera".

Y es que para Mercado Jarrín, al igual que para el general San Martín, esta guerra, la de la vida, "es también una guerra de ideas"

http://lahoradejuancruz.blogspot.com/2010/03/entrevista-al-gral-r-edgardo-mercado.html



miércoles, 13 de junio de 2012

MI PADRE: UN ZAPATERO



Aun cuando  en el Perú los poemas dedicados a los goces y desvelos de la paternidad son escasos, bastó solo un poema para compensar la carencia y perennizar la memoria de su autor: Pablo Guevara (Lima, 1930-2006). Y puesto que el mejor homenaje será siempre leerlo, he aquí el poema más padre dedicado al duro y duradero oficio de ser padre.


Tenía un gran taller. Era parte del orbe.
Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos,
él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida.
Con Forero y Arteche. Siempre Forero, siempre
con Bazetti y mi padre navegando en el patio
y el amable licor como un reino sin fin.

Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas
que alcancé a acariciar. Fue pobre como muchos,
luego creció y creció rodeado de zapatos que luego
fueron botas. Gran monarca de su oficio, todo creció
con él. La casa y mi alcancía y esta humanidad.

Pero algo fue muriendo, lentamente al principio;
su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión,
algo se fue muriendo con esa gran constancia
del que mucho ha deseado.

Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,
como una cosa usada, un zapato o un traje,
raíz inolvidable quedó solo y conmigo.

Nadie estaba a su lado. Nadie.
Más allá de la alcoba, amigos y familia,
qué sé yo, lo estrujaban.

Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.