viernes, 8 de diciembre de 2017

AMADEO ALOR CÓRDOBA



Fue el patriarca del pueblo de Ambar en el siglo XX.
Casado con Angelita Villareal fue padre de nueve hijos.
Puesto que en Ambar hasta las presencias notables tienen otro nombre, le decían -sin decírselo- Papaco.
La mayor extensión de tierras que rodean al pueblo le pertenecían.
Al llegar de Cajatambo, en la década del sesenta del siglo pasado, mi abuelo Augusto Villanueva Marín y Papaco se hicieron entrañables amigos.
Mi abuelita Digna recordaba que mi abuelo se aparecía en el pueblo  llevando de Lascamayo carneros desollados y sacos de papa amarilla para agasajar a su amigo por su cumpleaños.
Entonces, toda la comitiva se trasladaba a alguna de sus casas-huerta próximas y allí celebraban durante -por lo menos- un par de días.
Fueron tan amigos que cuando Papaco (muy a su pesar y persuadido por mi abuelo) decidió heredar su cuantioso patrimonio a sus hijos, fue mi abuelo quien pasó a ser el dueño.
En señal de absoluta amistad y confianza -para espanto del pueblo ambarino- Papaco legalmente cedió en venta todos sus bienes a mi abuelo, y este a su vez, uno a uno los fué distribuyendo a los vástagos de  Angelita y Amadeo.
Finalmente, por desgracia (aunque eso ya no pudo verlo) tal como temía el patriarca de Ambar, uno a uno, sus herederos se fueron deshaciendo de sus amadas tierras.
Cierto día en Huacho, cuando Angelita y Digna eran ya viudas, fui testigo de una conversación memorable:
-Mi Augusto era bien chinero. Eso nomás era lo malo. Hasta me decía: "Tu creerás que yo las busco. Ellas solitas vienen y entonces que puedo hacer".
-El Amadeo era igual. "Que te preocupas -me decia- nada te falta. Si las cholas quieren, tengo pues que darles su tumbadita".
Y enseguida las dos memoriosas señoras brindaron riendo con sendos vasos -pues los serví- de chicha de jora.


miércoles, 6 de diciembre de 2017

UNA MUERTE SIN FIN



Mi madre me habló con entusiasmo del infatigable muchachito que en un santiamén había pircado las murallas de los corrales y había ayudado a empanar la semilla de la alfalfa que resplandecía de verdor detrás de la casa.

“Que vivo y trabajador es ese chiquito”, me contaba con admiración mi viejita. “Igualito a su papá”, recordó, evocando a Guzmán Chamorro que murió asesinado al cruzar las alturas de Gorgor y Ambar acompañado por su mujer y un vecino llamado Pepino. (Al final, luego de cumplir condena por el crimen, el vecino se suicidó y la mujer de Gushma quedó más viuda que nunca).

Pero, por desgracia, el lamentable caso del niño que el 3 de setiembre del 2005 puso fin a su vida a los 12 años en el caserío de Cashapata (distrito de Ambar) no es la única muerte de quien fuera Teófilo Chamorro Rosales.

Pues su anterior defunción sucedió hace quince años cuando su hermano mayor cayó en un enfrentamiento (que importa el bando si pudo estar en cualquiera) en un paraje de Parán.

Entonces su madre, rebelándose contra lo inexorable, al nacer el último de sus doce hijos decidió recobrarlo nombrándolo igual que al hijo caído. Así el pequeño Teófilo tuvo dos vidas como ahora tiene dos muertes.

En Cashapata, a más de cuatro mil metros de altura cerca a la choza de piedra y paja que vio morir a Teófilo quedan aun vestigios de la casa en la que fueron aniquilados tres de sus primos y el hermano de su padre. Conozco el lugar. Pasé allí, hace años, una tarde sombría entre nubes y fantasmas que, dicen, penan todavía.

Por eso no me es difícil imaginar su muerte en la fría desolación de la quebrada con el trago mortal nublando sus ojos. Clamando por su madre tan ausente como el padre y el hermano, el tío y los primos que nunca más lo habrían de dejar solo. Nunca más.

El escritor franco-argelino Albert Camus dijo alguna vez que el suicidio es al fin y al cabo la única pregunta verdaderamente importante que se puede plantear un ser humano: La de que si en verdad la única la vida que nos es dado a todos vivir vale la pena de ser vivida. Por desgracia, la respuesta parece ser solo silencio y olvido.

lunes, 4 de diciembre de 2017

ESPAÑA 82



El martes 22 de junio de 1982 se enfrentaron en el estadio Riazor de La Coruña, los seleccionados de Polonia y Perú.
Aquel día me encontraba en el caserío de Tambón (cuando entonces los 15 km que separan a Ambar de Tambón los unía un viejo camino de herradura, que había que recorrer durante horas).
Portando una radio a pilas, Santos Osorio (el más mentado futbolista de la parte alta del valle Supe-Ambar) aquella mañana sonreía entusiasmado sentado sobre una pirka que cercaba un verde sembrío de papas. Me acerqué a saludarlo y juntos escuchamos el partido.
El primer tiempo terminó en empate. Al segundo llegó el desastre: Polonia 5 goles. Perú 1. Así terminó la ilusión.
Lo único que quedó fue que a Santos, los días domingos, en la pendiente inclinada que servía de campo de fútbol en Tambón, dejaron de decirle Pelao para llamarlo Lato (en recuerdo al calvo jugador Grzegors Lato, indiscutible estrella del seleccionado polaco).


 http://albumdepalabras.blogspot.pe/…/…/once-contra-once.html

viernes, 1 de diciembre de 2017

SABOR DE INFANCIA

Oyón


Un día de fines del siglo pasado llegó a Lima un ingeniero nacido en Oyón. En una hacienda agrícola y ganadera llamada Rupay.
Volvía de los Estados Unidos no -como suele ser habitual- para visitar a su país y a su familia, sino por estrictos motivos comerciales.
Ocurre que Enrique Vizurraga era un técnico convertido en ejecutivo de ventas. Un vendedor que cruzaba fronteras y volaba alto: vendía aviones.
De manera que en cada país al que arribaba con su comitiva, ocupaba los hoteles mas confortables y acudía a los restaurantes más suculentos.
Enterado de su presencia, su primo Adolfo Vizurraga fue a visitarlo al hotel Sheraton (que, entonces, era el más exclusivo en el Perú). Al despedirse, ambos convinieron en que previo a su retorno iría a almorzar a San Borja, a su domicilio familiar. Fue entonces que comenzaron las tribulaciones para la esposa del primo. "¿Qué le puedo ofrecer a un hombre que recorre el mundo almorzando en los restaurantes más exclusivos de los países a los que llega?", fue lo primero que pensó doña Adelina Barletti.
Adolfo, su marido, tenía la respuesta: "Lo que en ningún restaurante va a encontrar".
Llegado el día y concluido el almuerzo, Enrique Vizurraga miró conmovido a la esposa de su primo y simplemente le dijo: "Gracias primita, me has devuelto a mi infancia. A los inolvidables sabores de Rupay".
Cuando desapareció el Mercedes Benz que vino a recoger a Enrique, la vajilla en el lavadero conservaba aun el sabor de la laguita de maíz y el postre de tocush que habían contenido.

Adolfo y Adelina 


miércoles, 29 de noviembre de 2017

HISTORIA DE AMOR y AMOR POR LA HISTORIA

Plaza de Carhuamayo

A mediados de 2008, de regreso de Huánuco hacía Lima, de pronto una tarde me vi recorriendo las calles de Carhuamayo.
Ebrio de nostalgia apenas desembarcar me dirigí hasta la plaza y comparecí ante una banca solitaria en donde, años antes, compartí versos, brindis y besos con una rozagante periodista del diario La República. Pero también en donde, en otra ocasión, tuve la inolvidable deferencia cívica de izar la bandera de mi patria.
Aterido de frío, mientras la tarde sucumbía, me vi sin verme y me despedí de mi mismo.
Sentí gracia por mi propia existencia, pero más de vivirla otra vez, alguna vez ...al contarla.
Después de cenar, habida cuenta que esta vez -con no menos regocijo- venía por amor a la Historia, me trasladé hacía Junín.
Fascinado por llegar al escenario de una de las batallas decisivas de la Independencia, me metí a la ducha al amanecer, sin imaginar la fulminante lluvia helada que habría de recordar siempre.
Con todo, con la primera luz del día, acicalado y decidido, me puse a caminar por la vía del tren los 7 km que separan la ciudad del Santuario Histórico de Chacamarca.
Fui el primer y único visitante del día.
Embargado por una sensación de trascendencia y reverencia pasé horas de horas recorriendo el campo de batalla.
Todo lo vi. Todo lo toqué.
Nunca como aquel día comprendí que el dominio del pasado y el uso de la memoria, más que un entendimiento era un sentimiento. Un generoso prodigio que vuelve presente lo pasado.
Una ocasión. Una constatación. Una convicción.
Una única historia de amor.
Finalmente, al partir, no olvido el diálogo de despedida con la encargada de la agencia del bus: "Hermosa su tierra, pero mucho frío". "Aquí no se viene solo. Si vuelve, tiene que venir acompañado"


 http://larutadellibertador.blogspot.pe/…/el-heroe-y-el-poet…

lunes, 27 de noviembre de 2017

PROCLAMA DE HUAURA



Un 27 de noviembre de 1820, desde un balcón en Huaura, hace 197 años, el general José de San Martín, anunció el inicio de una nueva época en la historia del Perú.
Conmemorando aquel magno acontecimiento, Huaura cada año celebra esta fecha. Por eso (cámara en mano allí concurrí) para perennizar las imágenes de la celebración, que más que ninguna, recuerda el nacimiento de la patria y los colores que más amamos.

Museo de Huaura

Busto del general San Martín

Parque de las banderas

Portón de ingreso

Campanario de la Libertad y balcón de la Independencia

Primera bandera

Hermandad

 

domingo, 12 de noviembre de 2017

HUACHO EN LA HISTORIA




Un 10.11.1820 (hace 197 años) irrumpió en la bahía de Huacho un convoy de naves como nunca jamás se había visto.
Cinco mil soldados del Ejército Unido Libertador (al mando del general San Martín) hacían su aparición.
Con su presencia y desembarco determinaron aquel día la jornada más trascendente de la historia de Huacho.
Todo lo demás (ser capital de una provincia extinta, y aún, más recientemente, ser reconocida como sede administrativa y capital de la Región Lima) es subsecuente y menos relevante.
De cara al Bicentenario, la sensatez y la certeza histórica no admite dudas ni tribulaciones: el 10 noviembre de 1820 convierte a Huacho en escenario histórico del nacimiento de la República. Y es lo que debemos recordar y celebrar.
Lo demás son cojudeces. Lo primero es lo primero.

LA HAMACA


Desde que leí "El General en su laberinto"-de tanto que se lo menciona- sentí interés por reposar alguna vez (al igual que el Libertador) sobre una hamaca.
Pero a decir verdad, con el paso del tiempo, olvidé aquel novelesco propósito, hasta que cierto día, al despedirnos, mi hermano me dice: "Llévate esta vaina, te va servir".
Cuando llegué a Huacho, de prisa y acucioso por abrir el paquete, al develar su misterio de inmediato recordé el libro del Gabo sobre Simón Bolivar.
¡Una hamaca! Una hamaca celeste a rayas (de fabricación brasilera) era lo que mi hermano Alfredo, en mi caso, y antes de salir de su casa -con no menos realismo mágico que el celebérrimo escritor colombiano- había procurado a mis trastos viajeros.
Confrontado el dilema (entre Ambar, Cajatambo y Huacho) decidí que entre los eucaliptos en Lascamayo (Ambar) cumpliría la hamaca de manera más apropiada su función cultural.
Llegado el momento (exactamente el 5.11.2017) con harto entusiasmo como con no poca torpeza, ubiqué los tallos y amarré ambos extremos. Y sin más confié mis 87 kilos a la miserable telita celeste. Para mi gran sorpresa no solo resistió sino que hasta comenzó a mecerme (igual que a un niño en su cuna), mientras miraba maravillado (sin estar parado) los cerros Rucupadre y Piriuya, que contemplé desde mi infancia.
Feliz como una perdiz (a mis 54) para qué negarlo, me puse a leer y hasta a dormitar, arrullado por el rumor aromoso de los eucaliptos.
La historia hubiese sido fenomenal de no haberse tornado, súbita y abruptamente, brutal. Pues, en una fracción de segundos, en un instante, volví a la realidad.
Literalmente me fui a la mierda. Caí de golpe, con todo mi peso, sobre la boñiga y las hojas secas (que amortiguaron mi caída).
Mi impericia y mi novelesco apuro había hecho que la amarra del pateador no resistiera y cediera.


viernes, 27 de octubre de 2017

HUGO ALVA OSORIO





Justo el día en que se inaugura la décima versión de Mistura 2017 muere el creador del mejor alfajor de la Región Lima.
Un producto innovador de pastelería que, valgan verdades, resulta mejor que una miloja y superior a un alfajor.
Hace medio siglo fue creado el que sería mas preciso llamar, por eso mismo, Milfor.
"Adictivo", lo llamó impresionado Wil Laime, un librero ayacuchano afincado en Huacho.
De igual modo, un empresario huachano, Felix Verde, orgulloso de ofrecerlo retiró un día la docena de unidades para servirla en una bandeja.



Luego que sus deslumbrados invitados se enteraban que provenía de Cajatambo, Felix mostraba las vistosas cajas plastificadas.
Creador y productor de tan magnifico producto, Hugo Alva Osorio (padre del alcalde de Cajatambo) ha muerto en Lima.
Frente a la imagen de María Magdalena en la capilla del Centro Juventud Cajatambo parte un hombre que hizo, literalmente, historia con sus manos.
En el cementerio Campo Fe de Huachipa descansaran sus restos, pero el sabor de su legado perdurará en la tierra que lo vió nacer.

LUCAS



Un día de 1987, con quince años a cuestas, Lucas Barrera Pacheco se enroló en las huestes de Sendero Luminoso que ingresaron al distrito de Ambar.
Su madre fue la única en saber que se iria. Al día siguiente, con el corazón oprimido de pesar y resignación, se dirigió al lomo de Quiluay para esperar el paso de la columna.
"Cuando estoy mirando -recordó un día doña Esperanza- aparecieron. Al verlos mis ojos se llenaron de lágrimas. Y al verme Lucas, mi hijo, se dio la vuelta y se quedó parado un rato. Después se dio otra vez la vuelta y siguió andando hasta que volteó la curva de Lascamayo. Nunca más lo volví a ver".
Para entonces, en las alturas del valle Supe-Ambar, ya se había producido la incursión armada que acabó con la vida de Osvaldo Chamorro y tres de sus hijos. Y de igual modo, con la existencia de Angel Cotrina (a quien arrancaron un ojo y obligaron a caminar desangrándose hasta encima de Cashapata).
Pero otros, la mayoría -a diferencia del hijo de doña Esperanza- luego de pasar a ser en Ambar integrantes de las bases de apoyo y combatientes del Partido Comunista que lideró Abimael Guzmán, un cuarto de siglo después, continúan donde los captaron.
Dedicados a las labores propias de un valle agrícola y ganadero, paralela y adicionalmente han devenido en pacíficos campesinos, transportistas motorizados y hasta fervorosos evangélicos.

martes, 22 de agosto de 2017

ECOLOGÍA y TRADICIÓN

Literalmente, se trata de salvar vidas. Miles de pequeños pinos plantados en los cerros de Lascamayo (en la parte alta del valle Supe-Ambar).
Diseminados, a cada tres metros, entre el pasto seco y la maleza de las laderas -aunque todavía no sean visibles- existen. Existen y mueren de sed.
Por eso, aun a riesgo de resbalar (circunstancia de la que da cuenta -en mi caso- una herida en la rodilla) y hasta de rodar, estamos aquí, en la pendiente enmarañada de Pince.
Ulina, Saúl, Chami y yo, portando un par de galoneras, desde la mañana hasta la tarde, hemos vertido cinco litros de agua a cada hoyo donde reverdece un tierno plantón de pino radiata o pátula. Para participar de este casi secreto empeño viajé de Huacho a Lascamayo. Aunque antes debí recalar, en el día final de celebración en tributo a la Mamashona (Virgen de la Asunción) el 17.8.2017, en Ambar.
Puesto que toda festividad lo es también, al margen de los programas, por los reencuentros que procura, comparecer antes las hermanas Mayo Cifuentes, Rosa Lecaros y Gladys Gavedia, fue mas que un motivo de reunión un acto de jubilosa comunión en el curso de unas horas sonoras, al ritmo de dos bandas de viento.

De igual modo, con no menos sorpresa, volví a coincidir con Oyvind Wesseltoft y su grupo noruego en el primer día de recorrido de la ruta ecuestre Caral-Kotosh (que juntos comenzamos en 2008).
A pesar de las objeciones y recusaciones de Toña y Lucila,  siento que haber llegado a Ambar en brazos de mi madre me vuelve tan ambarino que si hubiese nacido allí. Y por eso mismo, me congratula por igual, haber contribuido a este vínculo turístico entre Ambar y Cajatambo.

Incluso al momento mismo en que proso este recuento, sentado en un extremo de la huerta que cultivó mi madre, entre plantas de alcachofas, se mecen las ramas de los eucaliptos mientras las aguas de riego discurren no menos alegres y bulliciosas. Bulliciosas y alegres, bajo un cielo despejado y un sol que reverbera.
Extraño a mi madre y recuerdo a mis abuelos; todos provenientes de Cajatambo (que nos legaron, ubicado entre dos ríos, este vistoso fundo en Ambar). Pese a todo, por encima de la nostalgia y del pesar, puede más la gratitud. La certeza de tener a mi madre aquí,  no menos  presente que el sombrero que usó y que beso con emoción cada mañana.
Justo cuando tenia previsto viajar a Huacho, las palabras de Ulina -al final de la jornada forestal- han diferido mi retorno: "César, mañana voy a marcar mi ganado, ven a mi casa".
Profea Laureano León, Ulina, nació en Uramaza (Cajatambo). Llegó a Ambar, junto a sus padres y hermanos, siendo niña. Se trató en definitiva -salvo ocasionales visitas anuales al pueblo del que partieron- de una mudanza sin retorno.  
"Ojala nunca nos maldigan: por nosotros dejaron su pueblo", escuché afligirse un día a mi madre. No era para menos: mi abuelo Augusto (padre de mi madre) los trajo para hacerse cargo de la estancia en Torrejirka.
Tan categórico resulta que la familia Laureano León llegó para quedarse, que doña Benita (madre de Ulina) y dos de sus hijas reposan en el cementerio de Ambar. Por si fuera poco, hasta don Basilio Laureano Atachagua (padre de Ulina y tío del director de la principal banda de viento de Cajatambo) tiene su propio nicho.
Apenas llego a Gantuyoj (el poblado que surgió  en 1997 alrededor de una escuela) celebro ver -como desmintiendo las angustias de mi madre- el patio escolar repleto de reses. Asimismo, habida cuenta que Ulina ha adoptado el credo evangélico, en lugar de licor, para asentar la comida, bebo una deliciosa chicha  de jora. Sabrosa jara asua que guarda un sabor remoto y entrañable.

 

domingo, 9 de julio de 2017

AMIGOS, SIEMPRE AMIGOS

 
 
 
"Mis amigos son mis hermanos"
Compay Segundo
 
César Adrián Orellana Palomino (1952-1996), ex director del desaparecido Banco Industrial del Perú y, luego, asesor principal de la comisión agraria de Congreso Constituyente de 1993, fue no solo mi tocayo sino el más recordado hermano que me regaló la vida.
"No sé que me ven, pero las gordas y las negras apenas me miran desesperan", repetía riendo,  jubiloso y a la vez resignado. Risueño e irreverente fue siempre un huancavelicano orgulloso de su andinidad raigal.
En cierta ocasión, durante su ausencia, debí tomar su lugar en una reunión en que el invitado era el ministro de agricultura ante el Congreso. Al día siguiente mientras revisaba los periódicos en que me miraba con incredulidad, recuerdo sus palabras a través del teléfono: "Oye pendejo, dicen que me estas serruchando el piso". Sorprendido, no dije nada, hasta que volví a escuchar su voz: "Mentira cholo, te felicito".
Cuando salieron publicados mis primeros artículos en los periódicos de circulación nacional, cierto día se acercó a mi escritorio, para decirme las palabras mas desconcertantes de las que guardo memoria: "¡Párate carajo, te voy a felicitar¡". Luego de un efusivo abrazo, terminó por decir, abrumado de emoción: "Alguna vez contaré como comenzaste".
No pudo: un día de mediados de 1996 partió rumbo a Tayacaja (donde su padre era el principal oferente de la fiesta patronal) diciendo: "Vuelvo el lunes". El jueves, apenas descender del avión, en un recodo de la carretera Huancayo-Huancavelica la camioneta que el mismo conducía rodó al abismo.
Siempre que lo recuerdo (máxime si escrito está) tengo la impresión que más que deplorar su ausencia me encargó no dilapidar su legado. Esa sencilla manera de arrebatarle a la mortífera vida su gracia más humana y vital. Pues la suya fue una existencia común hecha de circunstancias fuera de lo común que como nadie supo cultivar y atesorar.
 



jueves, 8 de junio de 2017

TU NOMBRE ESCRITO SOBRE LA NIEVE




Jamás lo olvidaré. Al llegar a la cima rocosa del cerro Huamancalle -que divide los distritos de Ambar y Gorgor-, detuve el caballo, (en realidad, se trataba de una hermosa yegua alazán que me había transportado hasta Cajatambo). Volvía a Lascamayo y fue allí, de regreso hacía Ambar, a casi cinco mil metros de altura, que la belleza de una flor silvestre rodeada por un manto blanco de nieve detuvo mi marcha y capturó mi atención. Deslumbrado por su esplendorosa presencia descabalgué para contemplarla.
Durante un eterno minuto, flor y viajero, nos miramos. Conmovido, antes de reanudar mi camino, escribí sobre la nieve: "María, te amo". Enseguida volví a la montura y me alejé para siempre. Pasó el tiempo, pero jamás olvidé el hallazgo remoto de aquella flor solitaria. Tan presente estuvo siempre que hasta cierto día, veinte años mas tarde, volví a escribir, sobre un papel no menos blanco que la nieve: "Tu nombre escrito en la nieve, arde todavía".



viernes, 2 de junio de 2017

PAULA y JESSY



Al enfermar y ver sumirse en estado de coma profundo a su hija, desesperada, la escritora chilena Isabel Allende escribió un libro que comienza con estas palabras: "Escucha, Paula, voy a contarte una historia, para que cuando despiertes no estes tan perdida". Al final Paula murió sin poder leer el libro más perturbador y conmovedor escrito por su madre:https://docs.google.com/…/d/0Bx9KOHwsQMLgQjF5RWlWWUJsX…/edit
Una pareja de profesores en Cajatambo, Brizeida Hijar y Edwin Chavarria, por su parte, de la manera más repentina, debieron confrontar la extrema angustia de la escritora, cuando Jessy, la mayor de sus hijas, cayó en estado de coma. Fue entonces que en tal trance, instado por su propio padre, escribí un poema dedicado a recordar su historia:http://albumdepalabras.blogspot.pe/2016/12/el-retorno.HTML
 
 


sábado, 27 de mayo de 2017

CAPITANÍA DE LA TARDE

 


"Procesos y visitas de idolatrías. Cajatambo, siglo XVII", del antropólogo francés  Pierre Duviols, constituye, sin duda, el referente documental y bibliográfico fundamental de la historia pre republicana del antiguo partido (denominación colonial de provincia) de Cajatambo. 
Con casi un millar de páginas se trata de una compilación, rigurosa y profusa, de documentos coloniales redactados por religiosos cristianos; convertidos en guardianes y a la vez en peregrinos, encargados de promover y custodiar la conversión de mis remotos paisanos.
En ella, entre otras cosas, se prueba y se demuestra que pese al tiempo transcurrido, el legado incaico no solo perduraba a través de la vigencia predominante del quechua sino también en la fe de sus descendientes. Una practica  que hizo manifiesto aquel conflicto soterrado se reflejó en el hecho de que los finados enterrados -por imposición de los religiosos- en los alrededores de los templos del pueblo eran por la noches exhumados y desaparecidos por sus familiares, para trasladarlos a los machay (cuevas) de los cerros que rodean Cajatambo.
Con todo, pese a la tensión y reticencia, la cría de ganados ovinos y vacunos, se alternó con la cría de llamas y alpacas. Del mismo modo, la domesticación de caballos y burros contribuyó a consolidar la capacidad de transporte de autóctonos y forasteros. En igual forma, junto a la flauta y el tambor, se incorporó el bagaje sonoro del arpa y el violín, para expresar un mismo sentimiento. Así se forjó el Cajatambo andino y a la vez hispano.
Así también surgieron fiestas que al tiempo que conmemoraban a santas y santos cristianos no era menos cierto que implícitamente (expresado en quechua) rendían loa a sus nunca extintas creencias primigenias. Tanto que no es exagerado suponer que las hojas de coca resultan -aún en la actualidad- símbolos no menos reverentes que la hostia consagrada en las ceremonias religiosas cristianas. Incluso, no es especulativo decir, que un mate de Parí  (la comida emblemática del pueblo cajatambino, compuesta por ingredientes de origen tanto andino como hispano) más que un sabor contiene una esencia, que traduce un sentimiento y una fe. Por eso, en lo que no pasa de ser -a la vista-  una exótica comida servida en mate con una piedra candente al centro, para una cajatambina o un cajatambino constituye un exquisita y sensible manifestación sagrada.
De suerte que lo que para otros es una frugal ingestión se transmuta en un acto de culto y comunión. En un rito sagrado. En un tributo a una historia que sigue siempre presente.
Pueblo de ayllus, convertido en pueblo de molde urbano hispano por imposición virreinal (fines de siglo XVI) Cajatambo devino en el pueblo de María Magdalena. Así nació el Cajatambo comunero y ganadero. El Cajatambo agrícola y quechua, junto con el Cajatambo ecuestre y hispano. Ambos, sin embargo, unidos por una misma fe y un mismo sentimiento de gratitud a la tierra que los vió nacer. Un sentimiento que hasta tiene una precisa expresión ancestral: Taytansi mamansinoj markansi kuyansi (Como a nuestro padre o a nuetra madre se quiere a nuestra tierra).
De todas, sin embrago, sin desmedro de otras mas antiguas y oriundas,  ninguna resulta mas visible y representativa manifestación de la armoniosa convivencia de la herencia  andina y la herencia hispana en Cajatambo que la incorporación, en el siglo XX, de la fiesta taurina de la Capitanía de la Tarde.
 
Establecida a dupla durante las fiestas patronales, cada 30 y 31 del mes de Julio, se realizan las corridas de toros cuyos oferentes, previo ágape colectivo de Parí, son el Capitán (ó, en tiempos, más recientes) la Capitana de la Tarde.
Uno de los testimonios impresos mas acuciosos del origen de la Capitanía de la Tarde, es -en la bibliográfica raigal-  un pequeño libro titulado "Cajatambo, sus fiestas y costumbres", escrito, antes de partir hacia la Argentina y al más allá, por  Guillermo Rivera Huacho.
Angustiado acaso por ver que la ausencia se uniera con el olvido, durante su prolongada permanencia en Huacho, el odontólogo cajatambino decidió consignar sus recuerdos y  acoger otros en un texto que permitiera vislumbrar un tiempo pasado que, con toda razón, juzgó justo perennizar. Viajó a Cajatambo en busca de versiones que complementaran la suya, pero apenas al llegar -al ver la construcción del Centro Cívico- quedó impactado por la destrucción de la arquitectura de su nostalgia. A pesar de esos pesares, insuflado de orgullo y resignación, logró plasmar su propósito en un impreso que tiene la forma de un libro y contiene el apasionado rigor de un testamento. 
Según los testimonios orales de los patriarcas a los que recurrió el autor todos coinciden en que las corridas de toros se iniciaron a comienzos del siglo XX como una adición a las celebraciones comunales. Fueron los crianderos no comuneros los que en 1916 organizan la inaugural tarde taurina de los comisarios. Y puesto que todo ganadero que se precie de serlo es también un chalán (testimonio de Melecio Salazar) el ingreso del Comisario Mayor comenzó a caballo.
 
Pero la revelación más significativa de las pesquisas de Guillermo Rivera acontece cuando logra entrevistarse con el primer Capitán de la Tarde que incorporó la presencia de las Damas (que el autor llama Manolas) durante las fiestas patronales de 1937: Víctor Reyes Ballardo. Desde entonces, junto al sombrero ornado, la banda bordada y estandarte, la presencia de las Damas distingue y encarna la prestancia de las celebraciones taurinas del pueblo cajatambino en tributo de Santa María Magdalena.
Las protagonistas de aquella jornada pionera de innovación  y emoción festiva en Cajatambo fueron dos jóvenes, Agustina Quinteros Ballardo y Delia Barboza Fuentes Rivera, cuya gracia y belleza -más allá de sus ausencias- se prolonga año a año en cada celebración, con otros nombres y otros rostros. En cuanto a su origen y significado, fue un sacerdote español, de añeja estirpe sevillana y genuina pasión taurina (habitual concurrente de las celebraciones que organiza la comunidad cajatambina en Huacho), quién describió y definió de manera precisa la presencia de las Damas: "¡Pero hombre, si son las bailaoras del Flamenco!".  
Las fiestas taurinas de Cajatambo del siglo XXI son muy distintas a la del siglo XX. Pese a todo, existe algo absolutamente inalterable: el sabor incólume del Parí  junto con la prestancia coreográfica de la Capitanía de la Tarde. Tanto así que aún mas que la corrida propiamente lo identifica, caracteriza y distingue.
 

 
 
 

jueves, 25 de mayo de 2017

VEINTICINCO FAMILIAS


 
 
En años en que la población andina del Perú constituía el 65 por ciento de un país secularmente rural y quechuahablante, ocurrió en Cajatambo un episodio del que tuve referencia  por parte de mi memoriosa abuelita Digna. Un episodio de desarraigo, de desamparo y también de esperanza. Incluso para corroborar su versión sostuvo que su misma cuñada, esposa de su hermano mayor, era protagonista de aquella historia: "Ella es de Ututo". 
Por coincidencia, en la página cien del libro "Costumbres, cuentos y tradiciones de Cajatambo" de los esposos Matilde Reyes y Celso Ballardo comparezco ante la misma historia. Una historia que aun cuando es historia no merece ser ignorada ni olvidada, pues en definitiva no se trata de otra cosa que de una historia de amor. De amor a un pueblo.    
 
 
Allá por los años de 1930, la hacienda Ututo propiedad de don Francisco Minaya, ubicado dentro de la jurisdicción de la provincia de Oyón, cambió de propietario, el nuevo dueño hizo un despido masivo a la totalidad de su personal.
Esa gente al verse sin trabajo, en un comienzo, pensaron en emigrar a la costa, para acomodarse en alguna hacienda del valle de Huaura, pero por temor al paludismo desistieron de hacer esa aventura, después pensaron en salir hacia Cerro de Pasco a trabajar en los asientos mineros pero al encontrar algunos inconvenientes se desanimaron. Al final se resolvieron y optaron por trasladarse en masa a Cajatambo, tuvieron fe ciega de que ese lugar podría ser la tierra prometida donde les iba ir bien; y no se equivocaron, porque tenían buenas referencias de que en esa ciudad había una familia acaudalada de apellido Reyes, dueña de varias haciendas que podría recibirlos como personal en cualquiera de ellas. Con esa seguridad, en caravana, emprendieron una caminata larga de 60 km por el camino incaico de los Andes, desde Ututo. Veinticinco familias, que en total pasaban de cien personas con todos sus hijos, entraron a Cajatambo por toda la calle central ofreciendo un espectáculo impresionante hasta llegar a la casa de don Teófilo Reyes Quinteros para ofrecerle sus servicios. El referido señor Reyes, llevado por la gran sensibilidad humana que lo caracterizaba, aceptó darles posada a todos. De inmediato hizo instalar varias carpas en su corralón, que era un traspatio amplio de su residencia, que daba a la plaza de Armas. Para afrontar la alimentación de tantos huéspedes mandó preparar los alimentos en grandes pailas y al día siguiente don Teófilo, después de un diálogo con los ututinos, aceptó darles trabajo a todos, de acuerdo a sus aptitudes, en sus diferentes haciendas. La mayor parte se fue para la hacienda ganadera de Pumarinri, Shiri, Puajcancha, Cóndor y Pucapampa. Otros que eran afectos a la agricultura se fueron a las haciendas agrícolas de Mani, Huamanaca y Cunán. De esa manera varios apellidos que no eran conocidos se incorporaron  al ambiente de Cajatambo   y con el transcurso del tiempo fueron acomodándose en diferentes sitios según sus conveniencias pero ya no volvieron más a su lugar de origen.  
 
 
Elisa Ballardo Fuentes Rivera y Teófilo Reyes Quinteros


lunes, 22 de mayo de 2017

LUZMILA y ROBERTO




1944 EN 2013. Apenas abro la puerta lo reconozco: Roberto Vizurraga. Agudo, efusivo y, sobre todo, riguroso, con absoluta franqueza me responde cuando indago como empezó la historia que lo condujo a casarse con la prima de mi padre: "La verdad, ella era mucho lote para mí". Hija mayor de David Reyes Ballardo, ella, Luzmila, se crió con sus abuelos paternos como una hija más. Recién cuando,siendo niña aun, partió rumbo a Lima, su papá y su mamá, Teófilo y Elisa, le dijeron que no lo eran.
David (segundo de der. a izq.) con sus padres y hermanos

Los conocía por referencia y fotos, pero ahora tenerlos en mi sala me enternece. Al ver y escuchar a Roberto, tan vital y tan lúcido, pondero su entereza. "Yo soy un lechugón de 84 años", dice complacido, sin duda, de lo que ha vivido y no menos de lo que recuerda.
Ella, Luzmila Reyes Rodríguez, sonríe al escucharnos. Pero de pronto, cuando me oye decir que un día extraje de los archivos del Congreso las intervenciones de su bisabuelo, se conmueve y me abraza.
Enseguida, hablamos de Cajatambo, de su celebración principal: "Yo salí de dama en 1944, cuando tenía dieciséis años. Vine de Lima porque mi tío Jorge Ballardo, que era Capitán de la Tarde y a quién yo quería mucho, me lo pidió" "Y ¿cuántas damas eran entonces?" "Dos. La otra dama con quién salí fue Josefina Quinteros".
Luego de verlos partir, con no menos gratitud que al recibirlos, vuelvo al archivo virtual para seguirlos viendo. Entre todas, encuentro una foto de Luzmila sonriendo que me deslumbra y me demuestra por qué Roberto es un hombre perpetuamente feliz.




sábado, 13 de mayo de 2017

AMOR ETERNO





Si existe un amor incondicional, un amor sin limite, que duda cabe ese es el amor de una madre. Un amor sin tregua ni final. Eso lo sabemos todos, o casi todos.
Sin embargo, la primera paradoja de la vida es que los seres que más nos aman, muy a su pesar, son quienes mas hieren cuando parten. Cuando se van sin retorno. Pero ni aun así, el amor de una madre muere. Pues si hay un amor verdaderamente eterno, ese es el amor de nuestras madres.
Un amor que no tiene frontera, que no tiene hora para manifestarse, un amor que es una luz que ni el viento ni la lluvia apaga.
Un amor que ni el tiempo doblega, pues para una madre cualquiera sea la edad de su criatura siempre será su tierna criatura.
Por desgracia, el mismo tiempo que nos da vida y dicha, es el mismo tiempo que nos destruye y nos mata. Solo el amor nos libra de aquella fatalidad.

 
 

 

viernes, 12 de mayo de 2017

ARAYCO

Adolfo Vizurraga (1923-2002) y Adelina Barletti (1938-2017)


"A nombre de mi familia y de mi pueblo, Cajatambo, quiero rendir homenaje a una persona de la que tuve el privilegio de merecer las consideraciones mas afectuosas y de igual modo a la personalidad pública que, de manera inequívoca y por derecho propio, forma parte de la historia de su pueblo". Con estas palabras previas -apenas llegado de Huacho- el 11.5.2017 di lectura de este poema ante el cuerpo yaciente de quien fuera en 1985  la primera autoridad edil de la recién creada provincia de Oyón: Adelina Barletti de Vizurraga.

Hermosa sobre un hermoso caballo,
quienes la vieron, no olvidan que era habitual
verla cabalgar por las calles de la antigua
villa minera de Oyón.


Venía de Arayco.
Arayco ganadero. Arayco pétreo. Arayco solar.
Arayco, refugio insobornable de Adelina y Adolfo.
Inolvidable Arayco.

Dulce flor, risueña amazona, madre, esposa,
pañuelo al viento Adelina volvía.

El tiempo pasa, la vida termina,
los recuerdos quedan, las palabras consuelan,
pero nada de lo que te cuenten sobre caballos
podrá ser tan hermoso como ver a Adelina
volver de Arayco a Oyón.

lunes, 8 de mayo de 2017

LATERO y CHAMUCHO




La guitarra llegó de Europa. En barcos a vela vino de España. Se hizo criolla lo mismo que andina; ayacuchana, arequipeña, ancashina, pero no menos cajatambina.
Ruta de tránsito entre pueblos litorales y rugosos confines serranos y aun amazónicos, Cajatambo devino en encrucijada de viajeros y voces. Pueblo de acordes intensos y vibrantes. Guitarras, mandolinas, bandurrias, violines y arpas convergen en pasajeras moradas que consagran la marcha de su canto fugaz.
Sin embargo, es recién a mediados del siglo pasado cuando las canciones que se entonan en las  serenatas al pie de los balcones y en las huaylashadas callejeras que toman otros rumbos. Cuando,  reproducidos y difundidos en discos de carbón, comienzan a comercializarse lejos del pueblo que evocan. Se trata -conforme lo especifica los apuntes inéditos de Uberdino Salazar Cabanillas que obra en mis archivos- de grabaciones realizadas en la casa discográfica MAG en Lima. Interpretaciones que perennizan los acordes y voces del "Conjunto Cajatambino" dirigido por Teófilo Gonzáles Jiménez y Emiliano Reyes Gamarra. Grupo pionero y fundacional,  integrado además por Aníbal Fuentes Rivera (guitarra), Víctor Gonzáles Castillo (guitarra), José del Carmen Gonzáles Pumajulca (guitarra) y Buenaventura Celada, con el violín.
Teófilo González Jiménez y Emiliano Reyes Gamarra, fueron músicos y también fueron hermanos. Entrañables gaugichas  jaraneros, unidos por la vida y por una pasión común: la música. O simplemente, Latero y Chamucho, virtuosos ejecutantes de la mandolina y la guitarra. Protagonistas y forjadores del sonoro andar del canto cajatambino.
Precisamente, uno de sus principales y primigenios cultores, Teófilo Gonzáles Jiménez, fallece en Lima el 6 de octubre de 1970. Con su desaparición culmina la trayectoria vital de un hombre que fue dos hombres a la vez: el luchador social que dió surgimiento en 1915 al primer sindicato de trabajadores de Huacho y a la vez el inspirado autor de memorables composiciones. Por su parte, Emiliano Reyes Gamarra, alternó su dedicación a la música con las labores de secretario de la municipalidad provincial de Cajatambo.



A finales del siglo XIX, cuando Cajatambo pertenecía al departamento de Ancash, nace Teófilo Gonzáles Jiménez el 6 de febrero de 1890. Emiliano a su vez, huérfano de madre a poco de nacer, es adoptado por la madre del Teófilo. De esta manera, hermanados por la vida y por la música, pronto el silencio de las noches de aquel Cajatambo de techos de roja teja y oscuro ichu, se quebraría con los melodiosos acordes de la a de Latero y la guitarra de su hermano Chamucho
En 1921, en casa de una tía conoce Teófilo a una joven proveniente de Oyón, Inés Castillo Médico, de la que queda prendado apenas verla. Motivado por aquel sentimiento emprende nuevas  canciones y una nueva etapa en su vida: se casa con Inés y se establece en Cajatambo, después de retornar de un periplo que lo condujo a morar por temporadas en Huacho y en Lima.
En 1838, más que por voluntad propia, debido a una afección cardíaca se ve obligado a abandonar la tierra de sus amores. Al irse, parte con su familia y su hijo José del Carmen (fruto de su relación con Mauricia Pumajulca, hija de una familia comunera de Tambo).
Apenas llegado a Huacho, acaso para morigerar el ineludible desarraigo, forma el "Conjunto Cajatambino", integrado por Emilio Requejo (guitarra), Eladio Quinteros (guitarra), Hortencio Escobedo (arpa), en las cuerdas; Inés Castillo de Gonzáles, Cristanta Arredondo de Herbozo y Maura Altamirano, en las voces.
En 1950 Inés y Teófilo realizan su última y definitiva mudanza con destino a Lima.
Pero es en Huacho, futura capital regional, en donde por primera vez a través de las ondas de Radio Record que se propala la música de Cajatambo, vía el programa "La hora folclórica". Para la concreción de aquel hito mediático intervino, nada menos, uno de los artífices de la radiodifusión regional y nacional, que inicio su labor comunicacional en Huacho: Juan Ramírez Lazo. Asimismo fue él quien autorizó la emisión de un programa de música cajatambina y andina a cargo de quien fuera en sus tiempos mozos aguerrido líder anarquista en Huacho y  músico de Cajatambo durante toda su existencia: Teófilo Gonzáles Jiménez. El virtuoso Latero que más canciones dedicó a la tierra en que nació y amó.
Emiliano Reyes junto con su hermano David en una reunión del Centro Juventud  Cajatambo
(segunda fila, cuarto y quinto, de der. a izq.) 1965



PAJARILLO MENSAJERO

Soy pajarillo mensajero
que de lejos he venido
ha pegarme una jarana
con las bellas cajatambinas

Cajatambina la flor de mayo
que diferente te encuentro
se comprende que tus amantes
no te han tenido el cariño mío

Si con venir te he ofendido
paisanita adorada
busca otro quien te quiera
que yo buscaré la mía

Jukta kuyarpish
jukta huayllurpish
mana wambra gongashgaysu




miércoles, 3 de mayo de 2017

EL PELUQUERO DE LA CALLE BOLIVAR



 
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A mediados de la segunda década del siglo pasado, en una primorosa callecita empedrada del centro urbano de Huacho, abrió sus puertas una peluquería. Una sencilla peluquería de barrio. Una peluquería, con todo, que no escapa incluso a la atención del mismo alcalde de la ciudad. Una peluquería que perdura en la posteridad. Una peluquería, la única, en donde rodaban cabellos y brotaban ideas. Una peluquería, en fin, con un lugar en la ciudad y otro en la historia.
Una peluquería a la que Juan C. Bákula, a la sazón alcalde de Huacho -conforme lo consigna el libro "Luchas sociales en el Perú. Huacho 1916-1917" de Filomeno Zubieta- menciona en agosto de 1916 en carta dirigida al Director de Gobierno poniendo particular énfasis en que "un grupo anarquista se ha establecido en la ciudad y fundado un centro de agitación proletaria que lleva el nombre de `Sindicato de Oficios Varios` y tiene su local en la calle Bolívar, en el establecimiento de peluquería de uno de sus principales afiliados o delegados del Comité Central de Lima".
Por su parte, el autor del libro mencionado precisa: "Todo indica que la labor proselitista ácrata se vió impulsada con la llegada en 1914 de don Teófilo Gonzáles, peluquero ligado a los anarcosindicalistas de Lima". Asimismo, agrega que "en contacto con el sastre Florentino Malásquez  y el intelectual y educador popular don  Aurelio C. Guerrero despliegan acciones que culminaran con la fundación del `Sindicato de Oficios Varios` primera organización de corte anarcosindicalista de Huacho que agrupó a los artesanos: peluqueros, sastres, etc. Este sindicato fundado en 1915 tuvo como primer secretario a don Teófilo Gonzáles".
En la recensión final que sumariza su trayectoria pondera además que Gonzáles "participó activamente en la organización de los jornaleros de La Campiña. Impulsó la conmemoración clasista del Día del Proletariado, 1 de Mayo. Uno de los impulsores y orientadores de la huelga de los jornaleros de 1916, intervino en las negociaciones iniciales hasta su encarcelamiento. Fue constantemente hostilizado por la gendarmería y los grupos de poder, los parroquianos que deseaban ocupar sus servicios corrían igual suerte".

En  conclusión, a tenor de lo citado y documentado, se infiere y colige, que en absoluto resulta exagerado afirmar que el peluquero de la calle Bolívar, Teófilo González Jiménez (natural de Cajatambo) es el líder indiscutible del primer sindicato de la historia de Huacho y a la vez propulsor de la huelga de jornaleros que por primera vez en el Perú planteó el reconocimiento de la jornada de ocho horas de trabajo.
Empero, no menos innegable -a cien años de las épicas jornadas que promovió y lideró- es que, ni en Huacho ni en Cajatambo, se encuentre todavía una calle o plaza que lo recuerde. Sin embargo, que duda cabe, no menos inequívoco es, por eso mismo, el lugar preminente que merece en la historia de Huacho y de Cajatambo.  
 
Teófilo Gonzáles Jiménez (1890-1970)