miércoles, 29 de noviembre de 2017

HISTORIA DE AMOR y AMOR POR LA HISTORIA

Plaza de Carhuamayo

A mediados de 2008, de regreso de Huánuco hacía Lima, de pronto una tarde me vi recorriendo las calles de Carhuamayo.
Ebrio de nostalgia apenas desembarcar me dirigí hasta la plaza y comparecí ante una banca solitaria en donde, años antes, compartí versos, brindis y besos con una rozagante periodista del diario La República. Pero también en donde, en otra ocasión, tuve la inolvidable deferencia cívica de izar la bandera de mi patria.
Aterido de frío, mientras la tarde sucumbía, me vi sin verme y me despedí de mi mismo.
Sentí gracia por mi propia existencia, pero más de vivirla otra vez, alguna vez ...al contarla.
Después de cenar, habida cuenta que esta vez -con no menos regocijo- venía por amor a la Historia, me trasladé hacía Junín.
Fascinado por llegar al escenario de una de las batallas decisivas de la Independencia, me metí a la ducha al amanecer, sin imaginar la fulminante lluvia helada que habría de recordar siempre.
Con todo, con la primera luz del día, acicalado y decidido, me puse a caminar por la vía del tren los 7 km que separan la ciudad del Santuario Histórico de Chacamarca.
Fui el primer y único visitante del día.
Embargado por una sensación de trascendencia y reverencia pasé horas de horas recorriendo el campo de batalla.
Todo lo vi. Todo lo toqué.
Nunca como aquel día comprendí que el dominio del pasado y el uso de la memoria, más que un entendimiento era un sentimiento. Un generoso prodigio que vuelve presente lo pasado.
Una ocasión. Una constatación. Una convicción.
Una única historia de amor.
Finalmente, al partir, no olvido el diálogo de despedida con la encargada de la agencia del bus: "Hermosa su tierra, pero mucho frío". "Aquí no se viene solo. Si vuelve, tiene que venir acompañado"


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