sábado, 20 de octubre de 2012

FIESTA PATRONAL




El perfume tibio de las jergas de colores con fragante  aroma a eucaliptos acoge mi primer sueño. Al despertar, desde el patio empedrado oigo volar las voces que labraron los sonidos de mi infancia. Enseguida, a través de la ventana, ningún despertar pudo ser mas grato que  mirar los grandes árboles de eucalipto alumbrados por la luz de la mañana.
Tan pronto me acicalé salí a la calle rumbo a la casa de enfrente. Los rayos solares apenas asomaban en lo alto de los cerros. Bajo el amplio hall los músicos bebían chicha hervida con ron. Aun era temprano para recibir a los invitados, de manera que solo los más allegados permanecíamos atentos a los preparativos.
Sin embargo, en medio de aquel anodino ajetreo, de pronto suenan unos pasos. Los escuché con la misma naturalidad con que  se oye caer la lluvia sobre la calamina. Al verla, pues no solo ignoraba su nombre sino también su existencia, sencillamente su presencia opacó -al menos en mi caso- la belleza del paisaje.
Camino a la banda Pedro se cruza en la carretera con su abuelo. Al verlo, Pedro se quita el sombrero ornado de Capitán de la Tarde  y conmovido besa las rojas mejillas del viejo Antonio. “Ya hijo, ¡anda, anda! Yo estoy yendo a ver el ganado”.
A mediodía, en el puente de Tawin, entre la comitiva de acompañantes, la volví a ver en lo alto de un caballo castaño. Desde entonces, nada de lo que me cuenten sobre caballos será para mí tan hermoso.

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